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domingo, 4 de diciembre de 2016

Del uniforme verde oliva al chándal de Adidas


Pocas figuras en la historia de Cuba y América Latina han despertado tanto amor u odio como Fidel Castro. Los primeros porque por primera vez los oprimidos por el colonialismo y posteriormente explotados por la invasión de compañías norteamericanas en extensas regiones rurales, así  como en la ciudad, pudieron acceder a una vida digna en comparación con la que llevaban. "Vivían peor que los indígenas cuando llegó Colón", diría el propio Castro.
Los segundos, porque la figura de Castro y las políticas implementadas por la revolución terminaron con los privilegios que habían gozado hasta entonces, sufriendo en el campo militar y en el político sucesivas derrotas. Algunas décadas después surgirían intelectuales  disidentes empujados no tanto por los sentimientos de odio sino por una racionalidad que cuestionan el régimen de partido único y la falta de libertades.

 A los que tuvimos oportunidad de seguir el proceso cubano, con nuestra mirada de jóvenes rebeldes en aquella década del 60, no podíamos dejar de admirar la lucha de Castro en defensa de  la soberanía de la isla y la libertad de decidir independientemente de lo que EEUU pretendía que hicieran los países latinoamericanos. Por su lucha por una justicia social inaplazable ante la creciente avaricia de los terratenientes y del mencionado capital norteamericano.
EEUU trataba a los países al sur del Río Bravo como su “patio trasero”,  planificando y llevando a cabo intervenciones bien documentadas a largo de todo el siglo pasado, algunas abiertas y otras solapadas, como los casos de Guatemala y Chile, solo por nombrar dos.

Estaban además la reformas sociales y económicas que el nuevo gobierno estaba implantando, la reforma agraria, la expulsión de la mafia norteamericana y la expropiaciones de sus bienes, la nacionalización de importantes empresas de EE.UU, presentes principalmente en el monocultivo de la caña de azúcar y los complejos hoteleros que servían al turismo, respaldada en los últimos años por la dictadura de Batista, represora, asesina y corrupta.

Además estaba presente la leyenda de la guerrilla conducida por Fidel y el Che en la Sierra Maestra, que a partir de un reducido grupo de hombres armados pudieron derrotar al desmoralizado ejército de Batista y poner en fuga al dictador y a una buena parte de los más influyentes hombres del régimen, terratenientes y la élite militar.

Los constantes ataques y sabotajes de los grupos armados financiados por la CIA a objetivos en la isla, la frustrada invasión de Bahía de Cochinos, la propaganda permanente y agresiva contra el nuevo gobierno cubano y sus medidas, fueron acorralando a los nuevos líderes cubanos que debatían cual era la mejor estrategia a seguir. Los más moderados perdieron en la lucha por el poder, y algunos fueron a parar a la cárcel, como fue el caso del comandante Huber Matos que estuvo veinte años encarcelado por discrepar con el camino que estaba tomando el proceso revolucionario, es decir hacia una orientación marxista y un régimen comunista. Además los fusilamientos de los enemigos capturados, muchos de ellos acusados de haber sido torturadores, asesinos y colaboradores de Batista, servía de alimento a la máquina de propaganda de EEUU contra Cuba, acusándola de violar los DDHH.

 A medida que aumentaban las discrepancias internas todo el poder de decisión y liderazgo pasó a manos de Fidel Castro, que con sus largos discursos inflamaba la conciencia antiimperialista dentro y fuera de fronteras. Al final, buscando estructurar la sociedad cubana en dos soportes poderosos, se apoyó en las fuerzas armadas y en el partido comunista que poco a poco había desplazado a los líderes menos propensos a abrazar la bandera de la hoz y el martillo y su ideología.
Las masivas movilizaciones de obreros y estudiantes le daban además la legitimidad en la Plaza de la Revolución, y el respaldo político que necesitaba. El sentimiento antiimperialista había calando  hondo a pesar de las dificultades.
Luego vendrían la crisis de los misiles, la reculada de Nikita Jrushchov, el bloqueo de EE.UU a la isla
y la dependencia aún más profunda, económica y política de la URSS, en aquellos años de la guerra fría.
Pero también es innegable que ese compromiso con la URSS  siguió transformando el modo de llevar adelante el proyecto de una revolución que muchos veíamos como muy diferente al del campo socialista europeo o asiático, con justicia social y libertades que no se gozaban en otros lugares, con democracia participativa y la oportunidad tanta veces anunciada por el Che Guevara de crear el "Hombre Nuevo".

La influencia del partido Comunista que sirvió de resorte para afianzar las relaciones con la URSS en el proceso, fue fortaleciéndose aún más, rodeando a Fidel, que como todo político astuto y visionario, evaluó las ventajas de continuar la alianza con un socio poderoso que a su vez desafiaba a EEUU, porque sin ese respaldo la revolución probablemente se derrumbaría.

Todo aquel clima de agresión, además, fue impulsando al gobierno cubano a tomar medidas más severas de control y vigilancia de sus ciudadanos, tratando de imponer una disciplina militante basada en los comités de defensa de la revolución (CDR) emplazados en cada edificio o barrio, que le cerraban el paso desde su inicio a cualquier opinión divergente con las políticas del partido y del gobierno.
Pero la economía cubana no evolucionaba como se había planificado y deseado. Y un gobierno
socialista basa su proyecto en el bienestar material de sus ciudadanos, en un reparto equitativo de la
riqueza, y una superestructura política sensible a la opinión popular. Y el constante sacrifico de los trabajadores para con la patria, que poco se compensaba con las expectativas de la gente que  demandaba más variedad y abundancia en los supermercados,  y la posibilidad de poder adquirir más bienes de consumo duraderos.

También muchos proyectos impulsados por el propio Fidel para diversificar la economía cubana fracasaron porque si bien las ideas eran  buenas al llegar la hora de implementarla fallaba la gestión de la misma o por otras causas la iniciativa fracasaba. La construcción de una planta nuclear que quedó a medio construir es otro ejemplo de proyectos fracasados.
Las cosechas de caña de azúcar, cuyos objetivos de llegar a los 10 millones de toneladas pronto se demostró que era imposible sostenerla en el tiempo fue un duro golpe a pesar del sacrificio del pueblo en ir a cortar la caña a fuerza de golpe de machete en brigadas voluntarias o no-voluntarias, que trabajaban sin pausa para llegar a las metas fijadas.

Fidel asumía además, no solo temas de política interior o exterior, impulsaba reformas que generalmente los presidentes dejan en manos de técnicos y expertos. Por ejemplo decidía la puesta en marcha de políticas agrícolas-ganaderas, que debían implementarse según sus pautas, y no siempre resultaron ser una acertada apuesta para la economía del país. La llamada "vaca cubana" fue un proyecto ambicioso de poder desarrollar un animal cruzado entre la vaca criolla resistente al medio ambiente de la isla pero que daba poca leche, y la europea que aportaría mayor cantidad de litros de leche por unidad. Sin embargo la visión de Fidel de poder alimentar a la población de Cuba,  y además de exportar productos alimenticios a los países  que lo demandaran, pronto se derrumbó por la baja productividad del campo. Poco a poco la isla se vio obligada a importar alimentos envasados por millones de dólares.

Las tensiones fueron creciendo y al final la crisis se desató y un incidente en la embajada peruana
provocó una avalancha de cubanos hacia el puerto de Mariel, que entre abril y octubre de 1980 vio
partir a unos 120 000  cubanos en embarcaciones de todo tipo con rumbo a Miami.

 Fue una válvula de escape ante un creciente disconformismo que castigó al gobierno de Fidel dando una imagen como la que daría más tarde Berlín en 1989, cuando se derrumbó el muro.
 A pesar de un destino incierto y sin conocer las consecuencias, los que dejaban Cuba buscaban la "libertad y poder comer", como la mayoría lo expresaba en ese momento, y contaban sus historias que no eran nada favorables  al gobierno. Esta sería una emigración muy distinta a la que se produjo cuando Batista fue derrotado.
No obstante Fidel supo sacar petróleo de esa oportunidad embarcando a “indeseables”, “inadaptados” y “contrarrevolucionarios” que significaban una carga para el sistema. Una limpieza social que por supuesto nada le agradó al entonces presidente demócrata norteamericano Jimmy Cárter, pero la ola de cubanos era imposible de detener. Una vez más la oportunidad le dio la posibilidad a Castro de darle un golpe en la zona de la ingle a su enemigo.
 “Gusanos” y “Comemierdas" continuaban enzarzados en una lucha ideológica sin cuartel, cada uno desde su respectiva orilla, y con más insultos, diatribas y maldiciones que contenido

Y entonces llegó Gorbachov con su perestrojka y glásnost, y para Cuba el derrumbamiento del campo socialista significó otro terrible golpe a su economía sustentada como habíamos dicho por el apoyo soviético que desapareció impulsado por las reformas en la URSS, que por primera vez reconocía el agujero negro en su economía. Ante esa situación un nuevo Período Especial se implantaría, y los  más desesperados otra vez se lanzan en balsas improvisadas a la mar.

Como no podía ser de otra manera, para no perder el control de la situación, ya que el racionamiento
de alimentos y otros productos básicos ponía al borde de la desesperación a la mayoría de la población, se ve obligado Fidel a multiplicar la vigilancia y represión al creciente número de disidentes que pedían reformas y veían la oportunidad de debilitar al régimen, aunque sin mucho éxito a corto plazo.

Muchos fueron a parar a la cárcel, otros pudieron huir, pero la resistencia de estos hombres y mujeres  ha sido permanente, a pesar de las acusaciones del gobierno contra algunos de ellos de estar sustentados por el "oro yanqui”.

En esos años ocurre un episodio que conmueve a la sociedad cubana: el fusilamiento del "general del pueblo" Arnaldo Ochoa, amigo de Fidel, condecorado innumerables veces por su participación en varios conflictos militares, uno de ellos el de Angola contra los sudafricanos y mercenarios. Con él estaban en el paredón el coronel Antonio de la Guardia y otros dos oficiales, acusados por tráfico de drogas en complicidad con el cártel de Medellín, es decir con Pablo Escobar. Los que conocieron de cerca este episodio debaten si esta decisión pretendía hacer justicia contra los presuntos criminales o era una forma de ocultar  la necesidad de quitar del medio a Ochoa.

 Según la versión más crítica había que dar un golpe ejemplar a los que como el general  Arnaldo Ochoa, se atrevían  a desafiar la opinión de Castro que negaba la necesidad de reformas como en la URSS para salvar la revolución. La influencia de Ochoa en el ejército le habría hecho temer a Fidel,  que la opinión del general de reformar el régimen, prendiera en el ejército y él perdiera el apoyo en las FFAA y su propio  liderazgo se derrumbara. Son muchos los que opinan también que Ochoa no estuvo implicado en el negocio del narcotráfico, pero uniendo a Ochoa con los hermanos de la Guardia, se quiso dar la sensación de que todos estaban implicados en los negocios con Pablo Escobar. Y eso era alta traición con la pena máxima como veredicto, que curiosamente se aplicó a pesar de que, como en los viejos juicios estalinistas, terminaron con los acusados llorando y firmando cartas de arrepentimiento.

En el caso de los mellizos Antonio y Patricio De La Guardia y sus vínculos con el narcotráfico dejan importantes  interrogantes sobre si ese contrabando de cocaína a EEUU vía Cuba, era para beneficio propio, lo cual no parece haberse comprobado nunca, o una forma de hacer finanzas para el gobierno cubano. Cualquiera que investigue la carrera de ambos hermanos en sus misiones y fidelidad al régimen no pueden dejar de dudar si realmente Fidel y su hermano Raúl no habían dado luz verde a este negocio. Unos no lo creen, otros piensan que era una fuente de recursos caída del cielo para una debilitada economía, una oportunidad además facilitada por Ronald Reagan, que en esos años financiaba a los “Contras” en Nicaragua , también con el dinero de la cocaína de Pablo Escobar.

Después de esos años de penurias se abrió la puerta a un turismo más intensivo, irónicamente un regreso a la fuente de ingresos de los años 50, y el presidente venezolano  Hugo  Chávez le echó un cable a Cuba con la venta de petróleo barato para que la economía no siguiera cayendo. Las llamadas jineteras aparecieron también para alegría de los turistas.
En una medida sin parangón 500 000 empleados públicos tuvieron que abandonar sus trabajos e iniciar negocios por cuenta propia o marcharse del país si podían, una medida de corte neoliberal en cualquier sociedad capitalista. Y en cualquier país con sindicatos independientes hubiese ocurrido una
multitudinaria ola de protestas y manifestaciones en la calle. Sin embargo la disciplinada clase trabajadora cubana aceptó la reforma aparentemente sin chistar. Y así se multiplicaron los "paladares", restaurantes improvisados  en los patios de las casas, los oficios de mecánico, zapateros y muchos otros oficios por cuenta propia que habían dejado de existir, porque probablemente significaban una señal de alerta para la revolución, temerosa de que aumentara el número de pequeñoburgueses.

La realidad se ha ido imponiendo y la conciencia que el estado no puede resolver todos los problemas y satisfacer todas las necesidades de la población, por más buenas intenciones que tengan las
autoridades, esa meta se hace a veces imposible de cumplir.

Cuba después de Castro probablemente seguirá su propio camino, adaptándose a un mundo cada vez más globalizado. Raúl Castro anunció su retiro para 2018, y la pregunta del millón es a quién dejarán en el cargo. El Partido Comunista sigue siendo la fuerza política que en solitario decide quien ocupará el sillón presidencial, y no la gente en las urnas o la Asammblea Nacional si es que no se precipitan cambios sustanciales, algo improbable desde este horizonte.

Pero el deshielo entre EE.UU.y la isla es un indicio más que Cuba terminará abriéndose al mundo. Cómo será ese proceso nadie se atreve a pronosticarlo con certeza, porque con Donald Trump al mando el timón en la Casa Blanca, nadie se atreve a predecir el futuro.
Pero una vuelta atrás parece improbable, la economía de mercado irá horadando lentamente la economía planificada que le ha dejado magros resultados a la población. La necesidad de vivienda nueva es muy aguda, y lo que ha comenzado con los hoteles probablemente continúe con la vivienda particular, es decir que empresas privadas construyan los edificios de apartamentos para las familias...si es que pueden comprarlos. Nadie ignora que actualmente la superficie compartida en las viviendas por los cubanos es muy estrecha.

Recuerdo que la Universidad de la República de Uruguay le dio clases de economía de mercado otros temas a grupos de economistas cubanos que iban a formarse en las bases teóricas y prácticas  de conducir una  economía de este tipo a fines de 1990. Y los resultados poco a poco se están viendo, al permitirse que los emprendedores inicien sus propios negocios y exista una creciente oportunidad de hacer negocios, de permitir las inversiones extranjeras en distintas ramas de la industria y servicios, etc. Los salarios siguen siendo bajos porque el estado se queda con una buen parte de esos ingresos, por lo que el poder adquisitivo todavía no ha podido despegar.

 Fidel es sin dudas una figura histórica y ya reducido a cenizas descansando junto a Martí en Santiago de Cuba, será el símbolo de la resistencia de David contra Goliat. Los cientos de atentados perpetrados y fracasados de la CIA contra su persona, son una muestra de la dimensión de su liderazgo y símbolo de la rebeldía soberanista, de la importancia de su papel en el contexto latinoamericano y de su innegable figura irreductible.
Que fue mitómano y mesiánico como dicen sus enemigos, que se equivocó también en muchas cosas es cierto, pero de todas formas nada pudo derribarlo porque las columnas que lo sostenían nunca se debilitaron, aunque muy lentamente se vayan desgastando.

La muerte anunciada de Fidel fue lenta, pero irrevocable, y estuvo precedida curiosamente por el operativo “Bastión” que duró tres días, finalizando poco antes antes de que se diera a conocer oficialmente su deceso. Estas maniobras con importantes ejercicios militares dentro y fuera de La Habana daban la sensación, según los cubanos, de que el país estuviera a punto de ser atacado. Tal vez el gobierno de Raúl Castro quería advertir, sabiendo la proximidad del final de Fidel, que a pesar de que Caronte tenía la barca amarrada en el malecón de La Habana, la presencia de Fidel seguía allí, corporeizada en el uniforme verde oliva de los soldados en maniobras.

A diferencia de muchos líderes comunistas que se hacían construir estatuas y monumentos enormes, algunos gigantescos como los pasados presidentes de Corea del Norte, Fidel dejó en claro que no quería ninguna idolatría, ningún culto a la personalidad. La tuvo mientras vivió aunque no lo quisiera, y si lo quiso supo manejarlo muy bien. Y esto también lo engrandece a los ojos de las futuras generaciones cubanas y más allá de fronteras. Tampoco el odio desaparecerá, es parte de la condición humana y su tendencia revanchista.
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