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lunes, 26 de septiembre de 2011

El camión de Fredo



                                       
Esa mañana de enero amaneció calurosa como casi todo ese verano de soles atormentadores y noches en vela. El calor se instalaba en las habitaciones y nadie podía dormir, salvo los que se aventuraban a dormir en el fresco piso de baldosas. Pero Fredo ya no tenía aquélla resistencia de su juventud cuando dormía donde lo agarraba la noche.
 Por eso se levantó sin hacer ruido para no despertar a su mujer que dormía plácidamente, y un rato después ya estaba con el termo bajo el brazo izquierdo y el mate espumoso en su mano derecha. Con paso liviano caminó por el largo pasillo exterior rumbo a la calle donde todavía reinaba el silencio de los motores de motos y motonetas que pululaban en el barrio, y la algarabía de los chicos jugando a la pelota. Se sentó en el muro de su casa y contempló aquél camioncito, un Ford del 49 que lo tenía más que preocupado. Examinó la cabina de color rojo, todavía en buen estado a pesar de los años, y la caja de metal a la que podía agregarle un alto vallado de madera para ganar así en volumen de carga cuando lo necesitaba.

- Cuántos años de satisfacciones y dolores de cabeza, me has dado hijo de puta, murmuró para sí mismo con una sonrisa.

 Era su fuente de trabajo y hacía dos días que no podía usarlo para el transporte de la carga de la más distinta índole que le encargaban la Municipalidad, el bolichero de la esquina o la barraca del barrio. Bolsas de papas, de cemento o tablones para la construcción llenaban la caja del camión cada jornada que tenía la suerte de recibir un pedido. Y a veces algún chacarero le pedía que le transportara pollos y gallinas al mercado. Y en los carnavales lo llenaba con murgueros que meta tambor recorrían el pueblo de punta a punta. Pero eran tiempos difíciles esos meses, los noticieros estaban llenos de noticias y comentarios sobre una crisis mundial que Fredo apenas escuchaba, pero veía sus efectos en su actividad que perdía continuidad. Ahora al camión le estaban fallando los frenos, y estaba decidido a arreglar la avería por cuenta propia, no podía darse el lujo de ir al taller de Domínguez y pedirle que le hiciera el servicio y luego no poder pagarle hasta que volviera a tener un trabajo importante. Algo que por el momento no parecía posible.

Tomó dos o tres mates más a la sombra de los paraísos que bordeaban la vereda de su casa y después se puso manos a la obra. Se sumergió debajo del camión que estaba estacionado allí mismo en la calle, y empezó a manipular el sistema de frenos con más intuición que conocimiento. Un perro solitario se acercó curioso y comenzó a olfatear las ruedas, y al fin dándose por satisfecho, levantó su pata trasera y le regó una de las ruedas a pesar que Fredo trató de ahuyentarlo puteándolo de todas las formas posibles. En todo caso después de un rato de manipular debajo del camión se dio por satisfecho y secándose las manos empapadas de líquido de frenos con un trapo, se sentó en la cabina y empezó a probar el pedal del freno para comprobar que hacía resistencia. Dudó de que algo hubiese cambiado y suspiró pensando qué debía hacer. Al fin se le ocurrió que la mejor forma de confirmar si los frenos realmente estaban bien era realizar una prueba con el camión en marcha. Pero para eso necesitaba la ayuda de su yerno Sebastián y de alguien más, tal vez Ricardito, el chico que lo acostumbraba a ayudar cuando necesitaba cargar el camión. Sí, Ricardito le podía dar una mano esa mañana, seguro que estaba durmiendo y no le costaría mucho despertarlo.

Esperó un rato más hasta que sintió que la yerba ya no tenía sabor, y cuando observó que Sebastián había terminado su desayuno, le contó lo que pensaba hacer.

- Necesito probar los frenos, Seba. Tenés que ayudarme, no es complicado, sabés?

Sebastián lo miró con ojos interrogantes y nada convencido de que lo que pensaba hacer era algo que realmente no tenía una cuota de riesgo. Pero Fredo estaba convencido que aquéllo era un buen plan, así que casi corriendo se fue hasta el rancho de Ricardito, un negro desgarbado con ojos brillantes y siempre alegre. Estaba durmiendo como se temía Fredo, pero después de zammarrearlo varias veces logró despertarlo y le pidió que lo acompañara. Ricardito se levantó a regañadientes y le hizo prometer que debía invitarlo con una taza de café con leche  y media galleta, ya que no podía despertarse completamente sin haber tomado un “desayuno completo”, sonreía Ricardito.

- Está bien, te tomás una taza de café,y  también podés comer pan fresco, pero nada de perder el tiempo, ché, dijo Fredo, contento que  lo acompañara.

Por eso le pidió a Nora, su mujer, que le sirviera un desayuno con pan blanco, manteca y mermelada que su compinche de tareas engulló rápidamente. Después se limpió la boca con la manga de la camisa y con una ancha sonrisa dijo que estaba listo para la misión, aunque no sabía todavía de qué se trataba.

Fredo los reunió a los dos frente al camión y les explicó cual era su idea. Él haría arrancar el motor y apenas apretando el acelerador, dejaría que se deslizara lentamente por la empinada calle de su casa, y luego de unos pocos metros recorridos, empezaría a probar los frenos. Si el camión no paraba Sebastián tenía que estar preparado con un tronco de unos veinte centímetros de diámetro para arrojarlo debajo de una de las ruedas traseras del camión. Seguro que que se detenía porque la velocidad iba a ser mínima, decía Fredo. Sebastián se rascó la cabeza y sintió el peso del tronco de eucalipto que no tenía más de un metro de largo. La idea no lo convencía pero a Fredo era difícil de hacerlo cambiar de opinión cuando se le ocurría una idea.

- Vos Ricardito te parás en la esquina por las dudas que venga un auto, una bicicleta o cualquier cosa rodando o caminando. Ponete en el medio de la calle y lo parás haciéndole señas. Mirá que puedo chocar si el camión no se detiene y voy preso, que es lo único que me falta, dijo Fredo muy serio.

Ricardito asintió siempre riéndose, y rascándose su cabeza llena de motas, se marchó cuesta abajo hasta llegar a la esquina y esperó que Fredo pusiera en marcha el camión. Desde la cabina éste vio que su ayudante le hacía señas que ya estaba listo, y Sebastián también levantó un brazo confirmando que estaba preparado. Sacó la piedra que servía de freno de mano debajo de una de las ruedas, y puso en marcha el motor que arrancó con un ronroneo que le llenó el cuerpo de satisfacción. Puso primera y con un suspiro apretó el acelerador suavemente. El camión empezó a deslizarse pero con un poco más de velocidad de lo que había calculado. Apretó el freno y nada, el camión siguió cobrando velocidad a pesar que había retirado el pie del acelerador y bombeaba frenéticamente el pedal del freno. Miró a Sebastián que a unos treinta metros lo esperaba ya preparado con el tronco de eucalipto en sus manos y con la mirada más que preocupada por lo que se avecinaba.

–No dudes Seba, no dudes ahora que esto se va a la mierda, pensaba Fredo mientras su pie seguía bombeando el pedal sin resultado.

Sebastián calculó que ya debía acercarse con la bravura de un torero a aquél zumbante toro con forma de camión, y desafiar los cuernos con forma de falores para arrojar el tronco debajo de la rueda como estaba convenido. Vio la cara asustada de su suegro y con determinación dio un paso adelante y justo a tiempo puso el tronco en el camino de la rueda. Pero el camión, saltarín, pasó de largo con un gemido de hierros viejos y siguió cobrando velocidad rumbo  a Ricardito a quien la sonrisa se le había ya borrado de la cara.
Fredo dejó de apretar el freno y se preparó para algo que no había pensado, y era cómo detener el camión en aquélla bajada sin que tuviera que chocar contra un árbol para lograr poner fin a su loca idea de que él podía arreglar los frenos sin conocer el oficio de mecánico. La plata que quería ahorrarse con el gasto del taller se multiplicaría por cien si hacía pedazos el motor, los faros y quién sabe que cosas más.

De pronto vio a Ricardito que le hacía señas desesperadas y miró a la derecha como un coche se acercaba a toda velocidad levantando una nube de polvo en la calle de balasto.

– Negro pará ese coche, paralo hijo de putaaaa! -gritaba en la cabina sabiendo que Ricardito no lo escuchaba, y lo peor, no hacía como habían convenido, sino que saltaba a un costado y se despreocupaba del coche que se avecinaba.

Ricardito sólo se quedó allí parado  con los ojos desorbitados mientras el coche se acercaba inexorablemente a la esquina. Fredo tomó una determinación que sabía podía ser lo último que hacía en su vida. Con un giro violento en el volante torció a la izquierda evitando por centímetros al otro vehículo que también hizo una maniobra brusca y desapareció bajo la nube de polvo. Fredo había perdido el control parcialmente porque el camión se acercaba peligrosamente a la cuneta, y debido a la velocidad y el brusco giro a la izquierda estaba marchando sobre las dos ruedas derechas, mientras que las dos del costado izquierdo estaban en el aire.
Ricardito se agarraba la cabeza y Sebastián corría desesperado pensando lo peor cuando veía como el camión se inclinaba cada vez más y la suerte de Fredo parecía estar  sellada.

- Sin embargo, seguro que un ángel me estaba protegiendo ese día, recordaría después Fredo.

Porque el camión chocó antes de volcar con la pared de la cuneta suficientemente alta para que el Ford se enderezara sobre sus cuatro ruedas, y girando se detuviera en medio del polvo de la calle con un gemido de animal herido.
Fredo recostó su cabeza sobre el volante, miró a su alrededor y cuando comprobó que nada serio había pasado, se bajó con las piernas todavía temblando y la frente chorreando un sudor frío. Sebastián y Ricardito llegaron jadeando a su lado, atropellándose para preguntarle si estaba bien.
- Si no me pasó nada, dijo con un a voz apenas audible. Luego levantó la cabeza y miró a Ricardito que había recuperado la sonrisa.
- Negro, me cagaste, te dije que pararas a todo lo que venía por la calle y no te pusiste donde te dije para que ese coche parara. Qué desastre, mirá si lo choco, mirá si vuelco el camión, mirá si mato a alguien...

Ricardito lo miró compasivamente y dijo:

- Tomá pa´ vos que me voy a quedar en medio de la calle pa´ que me pase un auto por arriba. Ché, yo no tengo ganas que me pase semejante cosa por un desayuno con manteca y  mermelada, dijo Ricardito muy serio.

Sebastián lanzó una carcajada en medio de la calle que se estaba poblando de vecinos curiosos y preocupados. Fredo miró a Ricardito, dió dos pasos y lo abrazó riéndose de aquélla absurda escena donde por un pelo se salvó de provocar un desastre.
- Bueno, vamos a tomar unos mates y vemos cómo sacamos el camión de este lugar, dijo Fredo pasando sus brazos por los hombros de sus compañeros.
Los tres se fueron a paso lento y riéndose, mientras el Ford detenido sobre la calle, y con el radiador todavía humeante, era rodeado por los chicos que habían dejado de jugar a la pelota y comenzaban a saltar sobre la caja y se amontonaban en la cabina, dando gritos de alegría.

                                                                 *

viernes, 23 de septiembre de 2011

El apagón comunicativo

En una reciente encuesta alrededor del 50 por ciento de los españoles respondieron que sentían ansiedad y no pocos angustia si se olvidaban de su celular en la casa o en el trabajo, según un informe de USP Hospitales. Con la llegada de los smartphones el problema se ha agudizado. Probablemente como un fenómeno más acuciante en los grandes centros urbanos combinados con el estrés diario. En mi caso lo puedo constatar cada día en el metro de Estocolmo. Estar "conectado" se ha vuelto una obsesión y la gente ausculta la pantalla de su teléfono como si estuviera buscando la revelación última de la existencia humana. Hace diez años en el metro la gente hablaba por su celular, gesticulaba y con cierta arrogancia, demostraba que poseía un "osito" como lo llaman cariñosamente en Suecia. Esa modalidad ha ido desapareciendo, y ahora los i-phones y los androides son los que ocupan la atención y la pasión, sobre todo de los jóvenes, que hipnoptizados esperan el mensaje de texto o una foto de una amiga/amigo o simplemente escuchan la música machacona creada en las computadoras. Los dedos se mueven febrilmente sobre el teclado digital cuando escriben mensajes y es imposible no admirar la velocidad con que logran muchos escribir esos textos, comparándolos claro con la lenta pachorra de mis dedos.

Siempre hemos desconfiado de las nuevas tecnologías hasta que las probamos y finalmente las adoptamos sin mayores remordimientos, y hasta nos sentimos felices de superar esa barrera que nos separaba de los demás "iluminados". En el trabajo ya es una herramienta indispensable para muchos independientemente de la edad. Sin embargo hay un nuevo (o viejo) riesgo o posibilidad en este mundo cada vez más digitalizado. Por un lado el control a la que estamos sometidos concientemente por las gigantescas empresas que dominan el mercado y sobre las que ignoramos cómo manejan esos trillones de datos que entran y salen de sus servidores. La segunda, y solo por nombrar dos, es el tema social de muchos jóvenes y adultos que se mueven en ese mundo virtual, y que con tanta ansiedad esperan que les llegue una señal de algún tipo, ese impalpable cordel que los va atando a otros cabos y maromas tan expectantes como las propias.
Según el informe "los jóvenes son el colectivo más vulnerable, ya que su actual patrón de sociabilidad y relación con los iguales ha cambiado desde hace una década atrás". Ahora se hace cada vez más a través de los teléfonos y no tanto a través del "mundo real". Por lo tanto lo que llaman "el apagón comunicativo" se hace un problema muy serio que desata la angustia y la ansiedad en los jóvenes cuando el teléfono no vibra o no chilla con la llegada del mensaje o una llamada.

Con la difusión masiva de los smartphones, esa obsesión se ha multiplicado porque las aplicaciones y funciones están creciendo aceleradamente, y nadie se atreve a creer que hay un punto final en el desarrollo de esta tecnología. Las generaciones más veteranas tratamos de seguir el paso a ese desarrollo y muchos nos sentimos también ansiosos cuando salimos sin el teléfono a cuestas. Sin embargo prontamente nos olvidamos que lo llevamos encima, y de pronto en medio de una función de cine, cuando la película está en su mejor momento, suena el celular del espectador en el asiento vecino, y toda la magia del momento se evapora con los timbrazos del "osito". Unos codazos de la mujer a su lado lo hacer reaccionar con la cara hecha un tomate, pero el daño ya está hecho. Pronto esa tecnología encerrada en un chip se incorporará a nuestros cuerpos con botones virtuales en las manos y un micrófono también virtual en la nariz. Y quien sabe,  a lo mejor entonces seremos más felices.