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domingo, 30 de mayo de 2010

El viernes pasado pude disfrutar de la actuación de este grupo de veteranos músicos latinos que la asociación Plataforma organizó en el local del Centro Cultural Internacional.
Don Pancho que es un poco el alma mater del grupo abrazado al contrabajo, Emilio Estrada acariciando su violín parece que en cada interpretación el instrumento va a comenzar a echar humo por la energía con que lo toca, Graciela, con una voz sensual, Marcos Montserat, Marcos Montserat, Oldrich González y Emilio Bobadilla completan este grupo que por su apariencia nos recuerda aquél cubano que hace todavía tanta roncha: el Buena Vista Social Club.

Además esa noche de boleros, cumbia, chachacha y son cubano fue completada por la voz de Roger Chatelain, un también veterano haitiano que nos brindó algunas canciones de su tierra en francés.

Una noche inolvidable para los que apreciamos el ondulante ritmo del mar Caribe. Faltaron los mojitos, el ruido de las olas al golpear la playa y la sombra de las palmeras. Pero nada es perfecto. Se recomienda. Gracias amigos!

jueves, 27 de mayo de 2010

Pánico a volar

El avión iluminado por la luna parecía un fantasma sobre la pista. Era medianoche, y la mayoría de los pasajeros estaban ansiosos y cansados. El retraso de la partida, y la larga espera en el bar y restaurante del aeropuerto, los habían mantenido despiertos, charlando y bebiendo, a los más entusiastas. Las conversaciones iban y venían según la gente alzaba o bajaba la voz, y se mezclaban extrañamente el castellano, chino y ruso. La presencia de un nutrido grupo de turistas provenientes de Moscú y Beijing, añadía el ruso y el chino a los oídos de Nico, haciéndolo sentir más confundido de lo que estaba por la falta de sueño y su ansiedad. Finalmente se acomodó en su asiento, luego de que finalmente llegara la hora de partir en el avión de la compañía Iberia que hacía el recorrido Montevideo - Madrid.

Nico, que hacía su primer viaje a Europa como becado para hacer un Master en Ingeniería Hidrográfica en la universidad de Zaragoza, trató de relajarse y pensó que de todas formas podría dormir durante la mayor parte del viaje, y que estaría relativamente a salvo de aquél aquelarre con sólo cerrar los ojos y un poco de suerte. Además, el hecho de que estaba obligado a volar por primera vez en su vida, lo había puesto en tensión toda la semana, y estaba agotado por una sensación de temor irracional. Le costaba reconocerlo, pero ya en el avión no pudo más que darse cuenta que luchar contra el miedo era como pelear contra los molinos de viento. Por eso trató de ponerse lo más cómodo posible en el asiento; estiró las piernas, apoyó su cabeza en el respaldo, y contempló el techo iluminado de la cabina.

Las voces de las azafatas que saludaban a los pasajeros que se iban acomodando en sus respectivos asientos sonaban lejanas. A Nico le había tocado el segundo asiento de una fila de cuatro en el centro de la cabina. Un lugar por el que protestó pero no pudo cambiar a pesar de su insistencia.

Dos turistas rusas se habían sentado a su derecha. De vez en cuando le miraban y sonreían. Nico observó que estaban entretenidas mirando unos artículos de perfumería que habían comprado en alguna tienda exclusiva del centro de Montevideo. Eran mujeres de edad mediana, bien vestidas y no sin cierta elegancia. Las saludó en inglés y ellas respondieron “Privet! Privet!” en ruso.

En ese momento se paró a su lado, frente al asiento vacío del pasillo, un hombre de aspecto descuidado. Algo bajo de estatura y abdomen prominente, parecía salido de algún pueblo perdido en medio de la llanura desierta, propietario de un almacén de Ramos Generales o empleado de Correos, se imaginaba Nico. Lo reconoció porque le había llamado la atención instantes antes en el bar, por la forma como comía, o mejor dicho como engullía el lomo de cerdo que había pedido para la cena. Y luego, cómo fumaba un cigarrillo tras otro en la zona de fumadores, cabizbajo y envuelto en una nube azul de humo. Había algo en la mirada apesumbrada de aquél hombre, que le hizo pensar que arrastraba una pesada culpa. Vestía un buzo blanco de algodón con bordes rojos y azules en los puños En el pecho se notaban claramente unas manchas oscuras de café o de vino.

El hombre acomodó un bolso voluminoso y pesado en el portaequipajes ubicado sobre el asiento, y se sentó bruscamente apoderándose del apoyabrazos compartido, desplazando el brazo de Nico. No era el mejor comienzo para un viaje de doce horas -pensó Nico molesto, tratando de recordar si había visto algún asiento vacío en la parte trasera del avión. Pero la nave estaba completa, y para colmo de males, un bebé de meses estaba con sus padres una fila más adelante. El chico berreaba sin parar.

De pronto el hombre dijo en voz alta para que la pareja le escuchara:

- Parece que no vamos tener una noche muy tranquila, parece -exclamó con acento capitalino.

Nico se volvió hacia el hombre que tenía fija la mirada en el asiento delantero.

- Así es, tal vez sea una noche bastante agitada –dijo con algo de sorna, pero pensando en su vecino y no en el bebé que lloraba.

El hombre carraspeó pero no respondió. Siguió mirando fijamente el respaldo del vecino. El rostro rojo y abotagado le daba un aspecto casi estúpido, pues le colgaba el labio inferior.

- Los bebés suelen comportarse así cuando viajan. Lloran un rato hasta que el cansancio los agota y después se duermen como troncos - dijo Nico como si tuviera experiencia de viajes con chicos llorando. En realidad su intención era evitar que el matrimonio reaccionara, y se planteara una discución antes que se iniciara el vuelo. La presencia del hombre había aumentado la tensión que dominaba a Nico que hacía esfuerzos por controlarse y parecer normal a los ojos de los demás.

- Sí, tenés razón, pibe –comentó al fin el hombre. - Voy a tomar un par de esas botellitas de vino que tienen a bordo apenas pueda levantarme de este jodido asiento para ver si puedo dormir. Pero no voy a poder fumar, mierda carajo! -dijo el hombre resignado, bajando sin embargo la voz y abrochándose el cinturón de seguridad. Nico sentía que aquél borracho iba a joderle el sueño y el viaje si la suerte a la que había invocado finalmente no estaba de su lado.

Mientras el avión carreteaba sobre la pista y las azafatas repetían las instrucciones de rutina, Nico esperó que el hombre se quedara tranquilo, y que las luces finalmente se apagaran. Sentía que la transpiración comenzaba a correr por sus axilas y le mojaba la camisa. Trató de alejar la idea y las terribles imágenes del avión en llamas y la inminente catástrofe que se acercaba, y buscó mejor apoyo para su cabeza. Con suerte podría dormir de un tirón hasta que las azafatas lo despertaran para el desayuno. La cena no le importaba. A él sin embargo, también le hacía falta un trago para conciliar el sueño y fumarse un cigarrillo, pensó. Añoró el sabor del tabaco, el sabor dulzón penetrando en las mucosas de la boca, y la caricia aterciopelada en el paladar del whisky preferido.

El hombre, que había vaciado una botella de vino tinto y dos whiskies bien cargados durante la cena en el bar del aeropuerto, transpiraba ahora y un vaho a alcohol y tabaco emanaba de su cuerpo y de su ropa. Observaba con desparpajo a su vecino, haciéndose el canchero como si viajara en avión todos los días. Sin dudas se había dado cuenta de la tensión que vivía Nico. Las dos rusas entretanto se habían bañado con perfume, entre risas y y cuchicheos. La combinación del olor a alcohol que emanaba del cuerpo del hombre y perfume de las rusas, no podía ser peor, pensó Nico, mientras la sensación de náusea comenzaba a crecer paralelamente a su pánico, y trataba de dominar a ambas obligándose a pensar en su vida futura los próximos meses, y en el fantástico proyecto de la Expo de Zaragoza.

Apenas el avión despegó y las luces de advertencia se apagaron, el hombre se levantó y se dirigió a la parte trasera del avión donde trajinaban las azafatas preparando la cena. A los pocos instantes volvió con un vaso de whisky on the rocks –como gustaba llamarlo. Seguramente se había arrepentido por el camino, y en lugar de vino prefirió un somnífero de mayor potencia, pensó Nico. Una operación que repitió cuatro o cinco veces, antes de que sirvieran la cena. El hombre hacía girar los cubitos de hielo en el vaso de plástico, y los miraba con atención. No parecía muy satisfecho. De pronto, como decidiendo algo importante, se bebía de un trago el contenido del vaso y lanzaba un largo suspiro. Rechazó la cena lo mismo que Nico, quien había perdido totalmente el apetito.

Con la lengua arrastrándose como un camaleón en su boca, el hombre murmuró algo ininteligible.

- Perdone? No le entendí lo que dijo –preguntó Nico sin ganas de abrir los párpados ni de entablar de nuevo una conversación con aquél tipo. Y maldiciendo porque las luces de la cabina sólo estaban apagadas a medias y el cuchicheo seguía mezclado con el llanto ahora más entrecortado del bebé.

- Me siento nervioso -dijo el hombre. -Necesito fumar, fumar y fumar pero está prohibido y hay alarmas en el baño. ¡Doce horas sin fumar hasta llegar a Madrid! ¿Cómo es posible que sean tan jodidos? Cómo no van a tener un compartimento para los fumadores como yo, que somos adictos a la nicotina. Seguro que los que viajan en primera clase pueden fumar sus habanos tranquilamente –protestó con amargura, y alzando otra vez la voz para que lo escucharan todos a su allrededor una vez que el silencio se había establecido al calmarse el llanto del bebé.

- Fuma mucho? Yo dejé de fumar hace tres años –señaló Nico con cierto tono de orgullo mal disimulado que ocultaba en realidad su tensión y las ganas de fumar que también él sentía.

- Yo, pibe, fumo desde los trece, y sin parar, – respondió el hombre ácidamente.

- ¡Mierda, que empezó temprano! –exclamó Nico.

- Dos y hasta tres paquetes de cigarrillos al día, campeón. No puedo dejarlo, sabés? y estos viajes largos me matan... no voy a negar que tengo un poco de temor a volar, claro que lo controlo, no? Ah! lo que te estaba contando, ché, mi ex-mujer también fumaba hasta dos paquetes al día cuando estaba embarazada, y no pasó nada, te das cuenta? Joden todo el tiempo con lo del cáncer -dijo el hombre con tono burlón. - Mi abuelo murió a los 90 y fumó toda la vida, que no jodan más ché -machacó finalmente.

- Claro, el mío se murió a los sesenta de cáncer al pulmón. Sin dudas hay organismos que soportan mejor los efectos del tabaco que otros –respondió Nico sin ganas de polemizar. - Pero el deporte es una buena receta si quiere bajar el consumo o dejarlo del todo – dijo Nico sin tutearlo - Sobre todo la bicicleta. No hay mejor forma de recuperar la condición física –aconsejó Nico con tono académico y un poco más relajado.

- Yo en una época jugaba al fútbol. Pero ya no puedo. Tengo casi sesenta... entendés lo que me pasa? – dijo el hombre con tono resignado.

- Como le digo, la bicicleta es el mejor remedio para cualquier edad. Consiga una de entrenamiento para el hogar, y verá cómo en poco tiempo se recupera - agregó Nico imaginándose al tipo forcejeando con la bici mientras el sudor le corría por la cara mofletuda.

- Mirá botija, yo corría casi todos los días. Y jugaba al fútbol en el equipo del barrio. Conocés el Cerro? ... No? Vos no sabés lo que te perdés. Seguro que nunca estuviste allí? – preguntó el hombre incrédulo – Bueno mirá, un día me invitaron a participar en un partido para olds boys, sabés? Fuí porque mi chico jugaba con los hijos de esos veteranos, comprendés? Toqué tres veces la pelota. La cuarta, cuando iba a rematar al arco, no llegué a tocarla a la muy hija de puta –dijo el hombre con tono amargo, como si estuviera viviendo de nuevo aquél momento.

- Así? Que ocurrió? -preguntó Nico con aparente interés.

- Me llevaron al hospital y me enyesaron. Me hice un terrible esguince de tobillo que me dejó postrado dos semanas, qué te parece? -dijo el hombre.

Nico asintió con la cabeza pero no respondió. Las rusas habían logrado poner en marcha un pequeño aparato de dvd y miraban la serie americana Desperate housewifes. Se divertían y conversaban animadamente entre ellas. A veces miraban a Nico y señalaban con el dedo la pequeña pantalla del dvd. Ël trataba de adivinar de qué iba la cosa, pero no entendía dónde estaba lo divertido en esa serie de mujeres norteamericanas de clase media, atormentadas por maridos mediocres y realidades hogareñas insoportables.

Nico observó a las rusas y pensó en lo pequeño que era el mundo ahora. Las nuevas turistas llegadas de Moscú, estaban descubriendo nuevos continentes. Mujeres con dinero, pensó Nico. Ahora estaban en todos lados, hombres y mujeres maduros ansiosos por ver el mundo. Como los japoneses en décadas anteriores.

El hombre se incorporó otra vez del asiento, e interrumpió los pensamientos de Nico que lo habían alejado de su vecino y de su pánico. Con mayor dificultad esta vez se dirigió hacia la azafata sentada al fondo del pasillo, para que le sirviera un trago más. Volvió contento por el resultado de la expedición, y se dejó caer sobre el asiento con un suspiro.

- Espero que este sí me ayude a dormir –dijo mientras se empinaba el vaso de plástico, pero sin vaciarlo esta vez de un solo trago - ¡Carajo, qué ganas de fumar que tengo! –repitió una vez más y su mano derecha se crispó sobre el vaso. Nico creyó que iba a partirse y derramarse sobre la falda del hombre y la suya. – Visité mi familia después de muchos años, por razones ... mi madre se nos fué, sabés chico? -murmuró con voz pastosa, y agregó - Me casé con una muchacha muy humilde del barrio. Me dediqué a los negocios. Era vendedor ambulante, ché, me he recorrido todo el país ¿comprendés lo que te digo? Y bueno, no duró mucho aquél matrimonio, aunque tuve un hijo con aquélla desgraciada. Pero años más tarde me junté con una gurisa madrileña que conocí en Piriápolis, en uno de mis viajes. Qué minón! Ella tenía parientes aquí, sabés? Y abandoné todo. Nos fuimos a España los dos. Qué vida, pibe, que vidurria la que pasamos.... Ahora vivo solo,claro. Aquéllo no duró mucho tampoco, yo soy un picaflor, te das cuenta? Pero me queda mi hijo que también vive en Madrid. -expresó con una mueca, con aquélla voz apenas perceptible cargada de alcohol y de hilachas de recuerdos muertos.

La mirada del hombre se iba poniendo cada vez más vidriosa. Apuró el último trago, y el hielo del vaso se pegó a su labio superior. Sopló con fuerza y los cubitos de hielo se fueron al fondo del vaso. Se quedó mirándolos, y luego agregó:

- La verdad que quiero confesarte algo, pebete. Le tengo pánico a los aviones! – dijo en voz baja . Te das cuenta? Semejante boludo y le tengo miedo a la altura, ché.

- No se preocupe, ya se le va a pasar – respondió Nico con un tono de voz tranquilizador que le sorprendió a él mismo.

- Hmmm, vamos a ver –dijo el hombre. Y después de una pausa agregó:

- De regreso a la península, vale! Pero me muero por un puto pitillo ... Aaaah, me olvidaba de contarte otra cosa. Sabés que soy abuelo, campeón? Sí, tiene apenas dos años el gurí, pero es una flecha. Y mi hijo me necesita. Sí, como me necesita ese chaval. Sin mí a su lado se muere. Y mi nieto también. Es que es muy pegote, sabés? – se mintió el hombre, y lanzó otro largo suspiro.

- Claro que sí -mintió a su vez Nico después de un instante.

Sin embargo el hombre ya no le escuchaba. Con la cabeza inclinada sobre el hombro de Nico, roncaba suavemente. Al otro lado las rusas seguían devorando su telenovela.

Nico sintió que el pánico había desaparecido completamente de su mente y su cuerpo.

Sonrió y volvió a sentir unas ganas locas de fumar.

sábado, 22 de mayo de 2010

Justicia social en el cementerio


En Suecia, desde hace décadas, los trabajadores han luchado por profundizar la justicia social en base a un reparto más justo de la riqueza. Es evidente que esa lucha a tenido sus idas y venidas, pero es innegable que de todas formas mucho se ha logrado en ese esfuerzo por mantener una economía de mercado y un sistema impositivo que como herramienta de reparto, mantenga a la clase trabajadora disciplinada y con poco ánimo de tomar medidas de fuerza contra las injusticias que todavía perduran en el sistema y que con el tiempo parecen agravarse.

Como no hay ni habrá ningún sistema perfecto en este orden, hay que reconocer que los suecos han logrado sin embargo una igualdad ante la muerte en sus cementerios. Recorriendo el cementerio Skogkyrkogården de Estocolmo con mi bicicleta, a la que llamo Pantera Rosa por su color y velocidad, me he dado cuenta que la similitud y sencillez de las lápidas que existen entre los que han abandonado este mundo es muy similar, a pesar de las diferencias sociales que tuvieron cuando estaban vivos esos muertos que hoy descansan en este tan particular cementerio, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.


El mismo fue diseñado por los arquitectos Gunnar Asplund y Sigurd Lewerentz en 1921,
como un enorme parque donde el bosque de abetos, pinos, hayas, y otros múltiples tipos de árboles dominan el paisaje que en este mes de mayo se llena de flores.

Y nombro este episodio no sólo por el valor simbólico que tiene, sino también comparándolo con los cementerios de muchos países latinoamericanos donde la riqueza y la opulencia de los muertos también se destacan en el lujo de sus tumbas. Una que me quedó grabada fue en una visita el Día de los Muertos al cementerio central de Ciudad de Guatemala. Allí un potentado que seguramente construyó su fortuna en base a la desgracia de sus trabajadores, se hizo construir una pirámide al estilo de los faraones y hasta con dos leones a la entrada de la misma.

Al recorrer Skogkyrkogården esta mañana de mayo, uno puede observar cómo las personas que visitan a sus parientes fallecidos, limpian las tumbas y adornan con nuevas flores y canteros el lugar de descanso de sus seres queridos. Las lápidas varían muy poco entre ellas, siendo de granito el material preferido con inscripciones doradas o sólo repujadas en la piedra.

Esa especie de igualitarismo tumbero se completa con el canto de los pájaros que invaden todo el parque con sus trinos. Los mirlos dominan con su bello canto la atmósfera matutina, pero otros pájaros no menos cantores demuestran también sus cualidades de barítonos y sopranos como regalo para el oído. Para mi sorpresa, en una zona sin tumbas y con aspecto más boscoso de este enorme parque, me encuentro con un cervatillo a unos treinta metros que me observa receloso cuando detengo la bicicleta para ver como reacciona. Se queda mirándome inmóvil, como una estatua de bronce, sin mover un sólo músculo durante un par de minutos, hasta que inconscientemente levanto un brazo para pasarme la mano por el pelo, y es entonces cuando de un salto se esconde entre los espesos arbustos.

Un encuentro casual en este paraíso socialista visitado por miles de personas de todo el mundo. Hace poco me encontré con un grupo de estudiantes de arquitectura de Montevideo que visitaban entre otros monumentos emblemáticos del arquitecto Asplund, el cementerio de Skogkyrkogården.

Tal vez Karl Marx y otros tantos teóricos de la justicia social deberían solicitar el pase a este cementerio. Si sus doctrinas políticas nunca llegaron a cumplirse, por lo menos es este cementerio donde descansa no sólo Gunnar Apslund sino también Greta Garbo y otros tantos famosos, conocerían la perfección de la igualdad ante la muerte.

jueves, 20 de mayo de 2010

Tres manchas voraces

La primera se expande por lo cielos de la pequeña Islandia e invade el espacio aéreo de Europa y a veces llega a otros continentes provocando la suspensión de los vuelos aéreos. Pasajeros aparcados en los aeropuertos maldiciendo la hora que la nube de ceniza les impidió volver a casa o al lugar donde pasarían vacaciones, realizarían negocios o disputarían un partido de fútbol.

Pero la naturaleza tiene sus reglas propias y no coordina con los humanos sobre cuando se le ocurre un desmadre.



La segunda mancha voraz que devora otra región del planeta la provocó British Petroleum, una empresa que aprovechando la venalidad del pasado gobierno de Bush para que las compañías petroleras buscaran el crudo en el Golfo de México, se lanzó a la aventura de explotar un reserva a más de 1000 metros de profundidad. Una misión que una vez ocurrida la catástrofe reconocen que no contaban con la tecnología adecuada para asumir esa tarea que implica enormes peligros por la presión de las aguas y lo complicado de las operaciones.'

Ahora vemos sólo la punta del icerbeg en el golfo, la mayor parte del crudo se encuentra sumergido, ocupando cada vez más un volumen de "chapapote"que pronto puede amenazar hasta la costa de Florida con sus corales e islas a los cuales podría dañar por mucho tiempo, ya que exterminaría las especies marinas que se alojan en esas aguas.



Aquí la actividad humana, que pretende exprimir el planeta hasta sus últimas reservas de petróleo cueste lo que cueste, ocasiona un daño de tal dimensión que ya se lo califica como la peor catástrofe de EEUU en su historia. Qué enseñanza debe sacarse de tales catástrofes? Es una pregunta adecuada, pero la fragilidad de algunas sociedades frente al accionar de ciertas empresas multinacionales, nos hace poner en duda que este tipo de intentos cesen. Los predadores sólo esperan la oportunidad para seguir aporreando a este jodido planeta.



La tercera mancha voraz que devora a la humanidad también es provocada por otro sector de la sociedad, más volátil e inapresable que el petróleo. Los mercados financieros provocan con sus especulaciones, en este caso contra el euro y las economías en offside, una feroz campaña. El pasado gobierno griego se excedió en sus gastos hasta un punto que la burbuja tenía que reventar, y lo que es peor, el gobierno de corte conservador, mintió descaradamente a sus socios, dándole una gruesa mano de barniz a sus cuentas para que todo brillara como el escudo de Aquiles.

Hoy la UE quiere ponerle coto a todas las especulaciones de los mercados y darle estabilidad al euro. El problema es la diversidad de criterios para llegar a cerrar el blindaje que se necesita para evitar que los depredadores una vez más pongan en peligro el proyecto europeo. Pero esto exige también disciplina y austeridad en la administración de los presupuestos, reformas para incentivar el desarrollo del estado de bienestar, y en los casos donde sea inexistente o apenas está desarrollado, pueda llegar a los sectores más humildes.


La primera mancha voraz que se extiende por el cielo no podemos evitarla, pero es la menos peligrosa. Las dos últimas sí que podemos contrarrestarlas. Los ciudadanos y sus gobernantes tienen la oportunidad de decirle NO a la explotación indiscriminada del planeta y a la febril especulación financiera de los mercados. Sólo depende de nosotros a quien elevamos a los cargos públicos más altos de los países que hoy se golpean el pecho como ejemplos de democracia.

La misma comenzó con los griegos, no hay que olvidarlo, y puede terminar también con ellos ya que en este momento son el eslabón más débil de la cadena.

lunes, 17 de mayo de 2010

Lucas nació a la 1:47 de hoy

Lucas es madrugador. Sole lo trajo al mundo esta madrugada sin complicaciones, así que a esta hora que escribo este nuevo texto ( 8:00 de la mañana) seguramente ya pegó sus primeros berridos y saboreó la leche de su madre.
Este es el segundo nieto. Eliot nació hace ya más de cinco años, así que otro varón se incorpora a la familia. Ulf, a quien llamamos Uffe, está contento y orgulloso de haber sido también él partícipe de que Lucas haya sido concebido. Es una felicidad ver como nuestros hijos comienzan a darnos la alegría de los nietos. Y recién empezamos, así que pronto tendremos un equipo para jugar al fútbol en el parque. No tendré más remedio que seguir entrenando.

viernes, 14 de mayo de 2010

La fiesta de la paella

El día en que los cristianos celebran la ascensión del Señor al Cielo decidimos con unos amigos hacer una paella en el albergue que regentea Miguel, a orillas del Mälaren. Con un cielo que no se decidía ni a ser ni azul ni gris comenzamos la tarea después de hacer las compras de los ingredientes necesarios para que todo saliera impecable.

La esperanza era que pudiéramos hacer todo en la terraza de la cafetería del albergue, donde la vista al Mälaren es muy bonita. Pero una vez más Tor el dios del trueno, no se apiadó de nosotros y nos envió unas gotas de lluvia que apagaron nuestros ánimos de despertar la envidia de nuestros vecinos.

Sería una paella mixta, con pollo, carne de cerdo y mariscos en abundancia.

Llegaron los amigos con sus chicos, y como responsable de la cocina me puse a cortar, pelar, freír, hervir, condimentar y muchas cosas más hasta que todo estuvo listo para iniciar la gran tarea.
Puse aceite de oliva a calentarse y junto a Federico empezamos a freír el pollo y la carne de cerdo. Con Daniel tomábamos unos mates mientras charlábamos de cómo crear una sociedad modelo sin llegar a convencernos del todo de nuestros propios argumentos ni de los del oponente. Una buena señal de que tomábamos distancia del tema de la discusión para que no se nos quemara ni el pollo ni el cerdo, así como el pimiento ni la cebolla que ya empezaban a dorarse.

La paellera tenía un tamaño que puede hacerle temblar las rodillas a cualquier aficionado, pero con la colaboración de unos y otros pudimos llegar a un final feliz y devorarnos prácticamente todo el contenido. LAs chicas, Marielle y Carolina habían preparado los postres, donde abundaba el chocolate. Los comensales, que eran muchos, estaban impacientes y con el apetito más abierto que fauces de tiburón, ya que el aroma de lo que hervía en la paellera se hacía cada vez más seductor. La paella aterrizó al fin al costado de la larga mesa y todos elogiaron el resultado que regamos con buenos vinos.

Estoardo, Carlos, Miguel y su hijo Leo, Marielle y Daniel con sus dos chicos, Gonzalo con su pequeña hija, Federico y Carolina junto a sus dos hijos, Fidel y una amiga, y quien estas líneas escribe pasaron una tarde más de amistad y buena gastronomía.

Creo que Jesús mientras ascendía al cielo por más de segunda milésima vez sentía pena de abandonar la tierra antes de acercarse a nuestra mesa. Se perdió la última cena.

PAELLA II


Paella mía que estás en los cielos

Desde el cielo la isla de Tabarca, larga y apenas visible, se parece al lomo de un cocodrilo que semisumergido espera que se acerque su presa para devorarla. Frente a la costa alicantina de Santa Pola, su hocico apunta hacia la playa acantilada donde la urbanización salvaje ha ido destrozando el paisaje semiárido y rocoso de la zona. Desde el agua, la isla no es mucho más que una extensión de tierra con algunas casas agrupadas a lo largo de dos calles, y un pequeño puerto para embarcaciones deportivas. 
Aquí viví una de mis experiencias paelleras cuando llegué a Alicante en 2002. Pero en realidad todo comenzó en Copenague, allá por 1985 cuando visité un restaurante español en la capital danesa. Con María festejábamos nuestro tercer aniversario, y en un paseo por la ciudad, descubrimos ese restaurante español, alojado en una antigua casa medieval con vigas de madera a la vista, un rústico piso de piedra alisada por el paso de los siglos, y paredes blancas cuyo revoque a veces dejaba ver a propósito, trozos desconchados de ladrillo rojo. La casa tenía un magnífico aspecto que invitaba a entrar, y allí nos metimos porque en la puerta habíamos visto que la paella era la especialidad del restaurante.

Y no nos equivocamos. Nos sirvieron en una paellera enorme un arroz dorado por el azafrán, y con aroma de mar, una paella adornada con mariscos y dos langostinos que nos miraban con sus ojos atónitos y resignados, hasta que nuestras manos los decapitaron y dimos cuenta de su blanca y tierna carne. El resto, es decir gambas, mejillones, trozos de pulpo, pollo y cerdo, ya lo habíamos engullido con un vino blanco también español, de las tierras de Jumilla.
Salimos satisfechos y prometiendo regresar a ese restaurante de ensueño. Pero las circunstancias nos llevaron a radicarnos en Estocolmo. Allí la paella quedó adormecida durante muchos años, aunque en el recuerdo de nuestras visitas a Copenague, saltaba a nuestra memoria aquél magnífico arroz, que cobraba vida cuando contábamos a nuestroa amigos aquélla experiencia culinaria.
Entonces llegó la experiencia alicantina. La insisitencia de Sonia y Juan, dos amigos que habían comprado un apartamento en Campello, un balneario cercano a Alicante, nos hizo conocer esta ciudad puerto del sudeste valenciano, y nos reencontramos con la paella. Aquí estaba la cuna de esta tradición culinaria  según los propios valencianos, aunque el verdadero origen geográfico y la receta original, se la disputen las distintas comarcas de la región en forma encarnizada. En todo caso esa disputa a traído como consecuencia una riqueza de variaciones que el sibarita más exigente debe agradecer a la imaginación de las/los cocineros por encontrar nuevas formas de adornar el arroz.

Con un libro de recetas nos turnamos María y yo a recrear esas recetas, y fuimos aprendiendo a manejar cada uno de los elementos que la componen de la manera que mejor se adaptaba a nuestra propia intuición y gusto. Así fuimos ganando en seguridad y comenzamos a invitar a nuestros amigos y familiares que llegaban por Estocolmo o por Alicante a visitarnos. Personalmente creo haber fracasado dos veces en la realización de este plato hasta el momento de escribir este relato. La última fue en Montevideo, cuando en la casa de Mercedes, la hija de mi prima Nelita, y Gustavo, su pareja, me comprometí a cocinar una paella. Como invitados estaban además otros primos con sus hijos y esposas/os, lo que hacía un grupo bastante numeroso de nueve adultos y cinco jóvenes, cuatro chicas y un chico.
Con Mercedes y Cecilia, mi prima, compramos los mariscos en el puerto deportivo del Buceo,  antiguo barrio donde vivieron mis padres antes de fallecer. Allí recorrimos los puestos de los propios pescadores, y compramos los mejillones, las gambas, pulpo, calamares, además de las verduras y legumbres para la ensalada y el adorno de la paella, es decir, dos morrones enormes y rojos como la sangre.
La paellera era de construcción casera. Miguel, oriundo de las tierras de Paysandú, y casado con Cecilia, mi prima, había construído una enorme paellera de un metro de diámetro. El espesor del metal era de por lo menos tres milímetros, y además tenía una profundidad de diez centímetros. La visión de semejante sartén no me amilanó, aunque me preguntaba cuanto arroz necesitaría para que se cubriera toda su superficie, y satisfacer las expectativa de trece bocas, incluso la mía, que ya estaban con ganas de masticar.
La fuente de calor para la paellera no podía ser la cocina a gas de la casa, sino que Mercedes alquiló una de esas construcciones de caños de aluminio con pequeños agujeros dispuestos a poca distancia uno de otro, y que se usan en cocinas improvisadas en lugares públicos. Son tres círculos concéntricos apoyados en cuatro patas,  al que se lo conecta a una garrafa de gas. Al apoyar la paellera en este calentador, pudimos constatar que sólo el círculo más pequeño directamente podía calentarla, mientras que el segundo quedaba unos milímetros por fuera, y el tercero completamente alejado. De todas formas la información que Miguel y Federico, mi otro primo, eran de que una vez se calentaba aquélla masa de metal, no había nada que no se cocinara, incluso el riesgo era que se recocinara si no se tenía cuidado con el calor.

Una vez pasados por una sartén pequeña el pollo y algunos de los mariscos, comenzó la tarea de fritar la cebolla y el tomate en la paellera, y agregar los muslos de pollo para que terminaran de cocinarse. Para que no molestaran a los otros ingredientes y al arroz que tenía que agregar, los puse en círculo y alejados del centro, donde el calor del gas no era tan  directo, pero siguiendo la opinión del constructor, allí habría de todas formas mucho calor. Después del arroz fui agregando entonces los mariscos y todo terminó adornándose con  langostinos y las tiras de morrones previamente fritadas en la sartén. El caldo hecho en base a los calamares, gambas y los mejillones, también fueron agregados al arroz en la paellera. Como el dispositivo estaba en el patio de la casa, debí improvisar y de pronto me econtré conque el azafrán no había sido agregado cuando ya estaban casi todos los ingredientes hirviendo en la paellera. De la mejor manera posible fuí agregando el azafrán uruguayo, una variedad que no se comercia seco como en España, sino que son hebras húmedas que no se pueden machacar en el mortero. De todas formas le dieron un cierto color al arroz que a fuego lento se fue cocinando junto a los mariscos y pollo. Así lo creía yo, pero al momento de cormerlo, cuando estábamos en la mesa, cuál fué mi sorpresa –y la de los otros comensales que no dijeron nada por discreción, que ha pesar de los cuarenta y cinco minutos que estuvo la paella cocinándose, los muslos de pollo todavía estaban semicrudos contra el hueso. El famoso calor del metal no había sido suficiente, y allí cayó derrotada “mi obra de arte” que mis primos Oscar, Federico y Cecilia habían seguido juntos a los chicos. En la foto se ve fantástica,y no quedó del todo mal, pero la cocción del pollo fue un detalle demasiado feroz para que un cocinero exigente se sintiera satisfecho con su obra. Tal vez debí encender el segundo círculo de gas que apenas escapaba del culo de la paellera, pero las grandes virtudes del metal y su capacidad para absorver el calor, me convencieron. Grave error, simulado por la buena voluntad de los comensales, que entre elogios me felicitaban, pero mi ojo crítico no podía ignorar por donde rengueaba mi obra culinaria.

La otra experiencia con gusto a frustración ocurrió en la mencionada isla de Tabarca, esa que desde el aire se parece al lomo de un cocodrilo. Con Axel, un amigo radicado en Alicante, decidimos visitar la isla navegando en su velero, que había traído en un viaje aventurero desde Suecia, atravesando Europa por los canales que unen el Mar del Norte con el Mediterráneo. Axel nació en Argentina, su padre era sueco y su madre francesa, y llegó a Estocolmo como refugiado a fines de los 70. Salimos una mañana con viento en popa, y en unas dos horas llegamos al puerto de Tabarca. Allí amarramos el velero, y recorrimos las pocas calles del poblado. Casas viejas, algunas de ellas con muchos años sobre sus techos, nos hablaban de un mundo apartado de la agitada vida de Alicante y sus alrededores. Aquí el tiempo tenía otra dimensión, y para un ojo atento y sensible, todavía podían apreciarse a la sombra de los árboles achaparrados a los viejos piratas árabes repartirse el botín de su última fechoría, o a los legionarios romanos deambular por las rocas donde rompe el mar. Sobre el puerto mismo se ubican algunos restaurantes que en Alicante tienen la fama de hacer las mejores paellas de la región. Así me lo comentaba Ángel, un veterano marinero tuerto, que había perdido el ojo izquierdo en un accidente, y que a través de sus gafas de sol parecía horadarte el alma con aquél ojo de vidrio fijo. Comiendo un pulpo a la gallega en un bar alicantino de Carolinas Altas, salió la conversación de que en Tabarca, efectivamente hacían la paella más sabrosa de Alicante.
Con esa expectativa entramos a unos de los tres o cuatro restaurantes que hay en la isla, a deleitarnos con el arte culinario de sus cocineros. Así que expectantes y con hambre, esperamos que llegaran los platos que nos acercarían al cielo, ya que estábamos rodeados de azul y verde esmeralda.
Lo que nos pusieron delante de nuestras narices fueron dos moldes de latón que probablemente habían estado demasiado tiempo en un horno. Era una masa compacta de arroz, de color oscuro, ni rastros del color dorado del azafrán, y donde se adivinaba algún que otro marisco en aquél escenario desolador. Traté de convencer a Axel de protestar e irnos sin pagar, pero su medio origen sueco triunfó sobre la otra mitad argentina, y prefirió comer sin protestar. Dejamos casi todo en los moldes de aluminio después de intentar descubrir algún sabor milagroso en el arroz recocido. No lo hubo, pero esto no me desanimó para seguir cocinando este plato que tanto placer nos ha dado en otras ocaciones. Los fracasos son fuente de inspiración para nuevos triunfos ... aunque claro, aquéllos también acechan a la vuelta de la esquina, como el de Montevideo.


miércoles, 12 de mayo de 2010

La boda y el puente


El sábado 8 de mayo mi hija Paula y Markus celebraron su boda, planificada con mucho detalle desde hacía un tiempo. Pero la misma tuvo sus momentos dramáticos antes de empezar la misma ceremonia. El tiempo, es decir la lluvia y el frío de ese día, tampoco ayudaban mucho a pensar en fotos donde los novios sonreían de cara al sol.



Pero el verdadero dramatismo comenzó cuando una parte de la comitiva estaba por cruzar uno de los puentes que llevan a Drottningholm. Por allí estábamos obligados a pasar para arribar a la iglesia de Lovö, una vieja iglesia de piedra del siglo XIII.

Estábamos apenas a unos pocos cientos de metros del puente cuando una larga cola de vehículos nos detuvo. Un accidente? eso era lo que pensábamos. Pasaban los minutos y nada ocurría. Al fin llegó la noticia que el puente que había sido abierto para que pasaran algunos yates y lanchas no podía volver a cerrarse. Algo fallaba en el mecanismo, así que no había garantías cuándo se podría cerrar de nuevo.



Como nada pasaba y los pronósticos eran que podía demorar hasta dos horas más el arreglo de la avería, parecía que estaba echada la suerte de Paula y Markus. Ese día no se casarían.



De pronto hubo sin embargo un luz en el túnel (puente): se podía pasar a pie. Así que la novia, el novio y su cortejo, que eran en realidad dos amigos, caminaron los 200 metros de puente bajo la lluvia hasta un coche que los estaba esperando al otro lado. La gente que los veía sacaba sus celulares para fotografiar aquélla exótica comitiva vestidos para una boda, que bajo la lluvia apuraban el paso para llegar cuanto antes.

De pronto, antes que llegaran al auto que los esperaba más lejos, una mujer que se encontraba en su coche les preguntó hasta dónde iban y les ofreció llevarlos hasta la iglesia. Un ángel caído del cielo? Bueno, alguien con buena voluntad. De esa forma pudieron llegar a la iglesia sin haberse empapado. Los otros invitados llegamos de la misma manera, aunque algunos que estaban atrasados, pasaron con sus coches porque el problema se solucionó antes de lo anunciado.



De todas formas la ceremonia comenzó casi una hora y media más tarde, ya que la pastora de la iglesia tuvo la buena voluntad y comprensión de esperar, y la suerte era que no había otra boda en camino. El ritual fue muy lindo, la primera vez que lo vivo en una iglesia, y aunque no soy creyente, no pude dejar de emocionarme con las canciones que un amigo de Markus interpretó y la solemnidad de la ceremonia y la felicidad de los novios.



La fiesta a continuación en una antigua villa de un viejo magnate del tabaco y del snus, ahora propiedad de la comuna, fue impecable. Desde la comida hasta los discursos pronunciados hasta la música para bailar estuvieron a tono con lo que nos esperábamos los invitados.

Algo para agradecer a los novios que se esforzaron por organizar hasta los últimos detalles de una boda que a pesar del puente, logró concretarse salvando todos los obstáculos.

Felicidad a los novios!




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martes, 4 de mayo de 2010

Corrupción en el paraíso

La sociedad sueca ha sido destacada a menudo como una de las pocas colectivades nacionales donde la corrupción apenas existe. Pero esa imagen se disuelve cada vez más en el ácido de los escándalos que a menudo son denunciados en comunas, provincias y empresas estatales.


Corrupción y abuso de poder van de la mano. Ninguna sociedad está a salvo de que individuos con poder dentro del sector público y/o privado decidan cortar la torta como mejor les parezca en la medida en que se sientan impunes y puedan beneficiarse.


Esto ha ocurrido por ejemplo en la ciudad de Gotemburgo, donde el programa de la tv pública sueca, desnudó una trenza de corrupción entre funcionarios de la comuna y un constructor que les hacía costosos favores cuando se le asignaban contratos de contrucción o renovación de edificios valorados en millones de coronas. Un caso Gûrtel a la sueca, aunque aquí no había trajes como los que recibió Camps, sino villas renovadas, viajes y otros favores que no dejan dudas sobre la profunda corrupción de esos funcionarios. Y lo que es peor. A pesar de las repetidas advertencias de que había una trenza corrupta en la comuna nadie hizo nada por desenredarla y la dejaron seguir creciendo hasta que el programa de Svt destapó el escándalo.



Poco después el informativo Ekot de la radio pública, denunció cómo algunas clínicas privadas facturan dos veces y a veces más a cuenta de los gobiernos de las provincias por servicios que nunca prestaron. La estafa tiene dimensiones millonarias porque se había desarrollado como sistema para obtener el mayor beneficio posible. Así le robaban a los contribuyentes y a los que padecen enfermedades recursos que podrían mejorar el servicio.


Esos dos ejemplos ponen de manifiesto que la apariencia de una burocracia incorruptible como la sueca es sólo un sueño creado por el mito de la superioridad y la escondida arrogancia de los países nórdicos. Claro que esa corrupción se ha mantenido en jaque por funcionarios valientes y reporteros concientes de la importancia de poner al desnudo esa corrupción. Y tal vez sea esa la única ventaja que los países nórdicos tienen con respecto a otros que no gozan de libertad de prensa así como la obligación (y el derecho) por parte de los ciudadanos de denunciar la corrupción .


Sin esas garantías estaría Suecia a la altura de Grecia o Italia, por sólo nombrar dos países donde la corrupción es parte de la cultura de la sociedad, y sobre todo de algunos encumbrados ciudadanos. El día 3 de mayo se celebró el día de la Libertad de Prensa, y la sección sueca de la organización Reporteros sin Fronteras premió a la periodista colombiana Claudia Julieta Duque con el premio Libertad de prensa por su incansable tarea por publicar la verdad sobre la corrupción y el abuso de poder en Colombia. Esto a pesar de las amenazas y la persecución de la que es objeto a menudo, en un país que sabemos la profesión de periodista lleva marcada una bala en la frente del reportero, tan pronto esté dispuesto a denunciar a los corruptos, a los abusos y crímenes de los grupos armados y a la propia policía de seguridad.



Sin dudas la humanidad tendrá que convivir siempre con el flagelo de la corrupción, es inherente a la condición humana, como solía decirme un amigo. Y tal vez tenga razón.

Aunque también siempre habrá gente valiente para denunciarla. Tanto en Suecia pero también en Colombia y en tantos otros países, siempre habrá periodistas, policías y jueces que no se dejan corromper y se atreven a desafiar a esos ciudadanos que están fuera de toda sospecha.

lunes, 3 de mayo de 2010

La promesa de Reinaldo

No podía haber quedado más conforme después de observar el final de su obra. El tornillo con forma de gancho en la extremidad estaba perfectamente ubicado en el centro del techo del armario, y era suficientemente grande y fuerte. Todas las medidas habían sido calculadas al detalle.

Ahora sólo faltaba poner el plan en marcha y cumplir con la promesa. Por eso Reinaldo se dirigió a su taller mecánico y empezó a ordenar los utensilios que necesitaba para llevar a cabo su plan. Nadie iba a detenerlo. Aunque él en todo caso no contaba con oposición alguna porque tenía bien vigilado el lugar y conocía las rutinas. No, nadie se le iba a interponer en el camino. Puso todo lo que necesitaba en un bolso y junto a una bolsa de arpillera, lo acomodó en el sidecar de su motocicleta. Se calzó los guantes y una gorra de lana porque la noche estaba fría. Empujó la moto hasta la calle y continuó así unos cuantos metros más. No quería despertar a su familia y preocuparla. A Reinaldo le gustaban los secretos, y prefería siempre mantener al margen a su familia de los planes que continuamente elaboraba. Por eso tenían todo lo que poseían. Nada de deudas y créditos. Trabajo, tesón y ahorro era su consigna. Respiró el aire frío de la madrugada y se sintió tranquilo. Se sentó y con una fuerte patada puso en marcha el motor de la vieja BMW que cuidaba como a una niña mimosa. Con el motor ronroneando suavemente se alejó calle arriba, y con la luz apagada. Reinaldo tampoco quería que algún vecino indiscreto del barrio lo viera partir a esas horas de la noche. Su plan no debía de contar con testigos, como tantas otras cosas en su vida.

*

El muro era alto y liso. Desde el otro lado de la calle y entre los árboles podía distinguir el alto y negro portón de hierro forjado. En la oscuridad de la noche apenas podía identificar los objetos con la nitidez que hubiera deseado. De todas formas podía ver con suficiente claridad el portón iluminado por una débil foco de luz rodeado por los insectos que encandilados se estrellaban contra la superficie de vidrio, haciendo aún más débil su amarillento resplandor.

Reinaldo recogió el bolso y con paso firme cruzó la calle y llegó hasta el portón que no se abrió a pesar de su vano intento de probar si realmente estaba cerrado con llave. Cuando lo hubo comprobado sin suerte, lanzó entonces el bolso y la bolsa de arpillera sobre el enrejado. Reinaldo se quedó quieto, aguardando alguna reacción. Como no la hubo se trepó por el enrejado y en pocos segundos había traspasado el primer obstáculo. Ahora estaba dentro del recinto, y una vez más aguardó un corto momento agazapado, para saber si alguien podía haber descubierto su presencia. Sabía que un sereno vigilaba el lugar, pero contaba con que dormiría a pata suelta. Así se lo había confesado el sereno mismo, entre cerveza y cerveza hacía pocos días en un bar cercano, cuando Reinaldo controlaba las rutinas del personal. El tipo era un idiota y jamás se enteraría de nada. Sintió que algunos pájaros –tal vez palomas- se revolvieron inquietos entre las ramas de los árboles. Pero pronto volvió a reinar el silencio. Entonces Reinaldo emprendió el camino hacia el lugar donde se encontraba lo que él buscaba.

*

Sus pasos hacían un leve ruido sobre la grava. Por fin se detuvo frente al sitio que conocía de memoria. Acarició la pared con sus dos manos y por sus fosas nasales penetró el olor dulzón y nauseabundo que impregnaba el aire que le rodeaba. Sonrió y se agachó para recoger los instrumentos de su bolso. Un pesado martillo y un largo punzón bastaban para ir debilitando la resistencia que ofrecía la placa de cemento recubierta de mármol que ocultaba lo que venía a buscar.

Para atenuar los golpes puso un trozo de trapo viejo sobre el punzón, y comenzó a romper con golpes medidos y acompasados la frágil y delgada superficie que unía la placa con la pared.

De vez en cuando se detenía para escuchar si el sereno había despertado. Nada indicaba esto, así que continuó con su labor, sistemáticamente como lo hacía en el taller. Cuando calculó que podía desprender la placa con la fuerza de sus brazos, puso el martillo y el punzón en el bolso. Sacó al mismo tiempo los guantes del bolsillo y fue probando sus fuerzas sacudiendo levemente la placa para no causar ningún ruido que llamara la atención. Sus músculos estaban tensos y comenzó a transpirar a pesar del frío de la madrugada. La placa cedió y tuvo que usar todas sus fuerzas para que no cayera estrepitosamente al suelo. La recostó contra la pared y dio un paso atrás. Una vez más controló si el sereno no se había despertado, y ya recuperada la respiración, miró hacia el negro agujero que guardaba su amado objeto. Retiró el largo cajón de madera con cuidado y lo abrió conteniendo la respiración.

*

Estaba amaneciendo cuando llegó a la casa con el motor de la motocicleta apagado. En el sidecar había acomodado la bolsa de arpillera que casi se parecía a una bolsa de papas recién comprada en el mercado de abasto. Con cuidado la alzó y la llevó al taller. Encendió las luces y inmediatamente se puso a trabajar sobre la larga mesa de metal. No podía perder tiempo.

Debía unir como un rompecabezas las partes sueltas y asegurarse que nada faltaba. Jamás se lo podría perdonar si cometía algún error. Sus hijas se lo reprocharían toda la vida, sabía lo exigentes que eran. Lo habían heredado de él, sin ninguna duda. Perforó y atornilló todo lo que era necesario; cepilló, limpió y lustró con líquidos apropiados para la ocasión, y por fin, una vez finalizada la obra, se dio un respiro para beber un vaso de agua. El frío líquido bajó por su garganta seca y sintió por un momento que las fuerzas lo abandonaban. Se sentó para no caer y cerró los ojos unos segundos. Una fuerte luz fue creciendo en aquella gruta imaginaria, y lo invadió reconfortándolo. Abrió los ojos y miró su obra. Nadie podría reprocharle nada. Era la promesa que había hecho. Y era la promesa que había hecho jurar a sus hijas cuando a él le llegara el turno. Por eso ahora que colgaba en el gancho del pesado armario no pudo menos que sentirse orgulloso. Lo había logrado sin ayuda de nadie, como tantas otras cosas en su vida. Su madre estaría agradecida.

*

Despertó a sus hijas y a su esposa. Las apuró para que se vistieran y las llevó hasta la habitación donde estaba el pesado armario. Las puertas con grandes espejos reflejaron las figuras de toda la familia. Abrazados y emocionados no podían simular el nerviosismo que los dominaba. Con cierto gesto teatral Reinaldo abrió las puertas del mueble de par en par, y les dijo a las chicas que guardaban un cerrado silencio:

- Saluden a su abuela, carajo!


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domingo, 2 de mayo de 2010

Asado y chorizo al pan

Ayer sábado 1 de mayo celebré con amigos el día de los trabajadores.
En una improvisada parrilla y un improvisado fogón a falta de parrillero, nos reunimos en casa de Daniel y Mariel, a orillas del lago Mälaren, al norte de Estocolmo, para deleitarnos con el tradicional asado criollo, con pulpa de lomo a falta de costillas, chorizos, y además boniatos, choclos, morrones y otras delicias vegetales.

Lo cómico de la situación fue que los dueños de casa que son vegetarianos, no pudieron resistirse a la tentación de probar los chorizos que fabrica otro coterráneo uruguayo, que los vende en su puesto de ventas en el Mercado de las Delicias de la popular i céntrica Hötorg de Estocolmo. Según él, la receta es de Cativelli Hnos, pero sea como sea, la verdad que estaban de primera.

Una reunión así, con amigos y nueva gente por conocer, fue una sensación tan reconfortante como el menú que compartimos, desde la tarta de choclo de entrada hasta el cheese cake de postre. Para no hablar de los vinos que bebimos, de distinto origen como la Mendoza argentina o la Toscana italiana.

Nos faltó sol, porque el cielo no quiso abrirse para dejar pasar sus rayos, pero de todas formas los chicos pudieron disfrutar de sus juegos en el amplio patio de la casa, y los adultos recrearnos en nuestro primer acto ritual de iniciación del verano alrededor del fogón, claro que adelantado, después de un largo y frío invierno.

Gracias Mariel y Daniel, por la hospitalidad ofrecida y el cariño que pusieron para que todos disfrutáramos de un día de asueto, conquistado por las luchas de millones de obreros a lo largo y ancho de este mundo en homenaje a aquéllos dos héroes de Chicago: Sacco y Vanzetti.