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viernes, 29 de abril de 2011

Fiebre de reyes y princesas

"Me cago en la leche... una má pa alimentá" gritó un joven en la puerta de un bar donde estaba bebiendo su cerveza en pleno centro de Sevilla . En la pantalla de la tv había visto que Letizia, la mujer del príncipe Felipe, había dado a luz una niña. Los que presenciamos la escena no pudimos evitar reírnos ante tanta espontaneidad. No era para menos, porque mucha gente está cansada de alimentar a esa clase parásita de reyes, reinas, príncipes y princesas y sus descendientes que viven en sus palacios a costa de lo que pagan los contribuyentes. Y no son escasos esos recursos que cada año reciben para mantener ese status  de palacios y todo el resto de infraestructura material y humana que gira a su alrededor. Y más duele cuando esos recursos se asignan a organizar esas bodas que también cuestan millones, independientemente de la moneda en que se calculen. Mientras los índices de desempleo y marginación social están al rojo y miles de personas recorren las ciudades de Europa mendigando unas monedas, desplazados de sus hogares y perdido el empleo.

La ola de fiebre monárquica recorre Europa como un fantasma. Primero fue el casamiento de la princesa sueca Victoria con el "plebeyo" Daniel. Y Victoria ha anunciado que está embarazada, así que "otro má pa alimentá".
Ahora es el turno de los muy británicos príncipe William y la "plebeya" Kate unan sus manos e intercambien anillos como en las mejores escenas de Hollywood.  Por la tv serán millones los que sigan la ceremonia de sombreros y fracs, y tantos uniformes de alto rango conque se disfrazan príncipes y reyes. Y después nos reímos de Gadaffi. Afuera, cientos de miles de británicos y turistas de todo el mundo se agolparán en las calles para saludar el paso de la feliz pareja en ese tinglado de carroza y caballos, imagen de una institución que sobrevive como símbolo de épocas mejores, y que extrañamente sigue uniendo a la mayoría de la gente independientemente de su extracción social, e incluso ideología. Los monarcas  comparten todavía con las instituciones democráticas un espacio simbólico y una mayoría silenciosa adora ese símbolo nacional. En las escuelas de esos países deberían recomendar  leer, entre otros,  el último libro de Vargas Llosa, "El sueño del celta", donde se relatan las "hazañas" del imperio belga durante el reinado de Leopoldo II, considerado por sus pares europeos "como un benefactor filantrópico digno de admiración". Algo que le costó millones de vidas al continente africano.

La paradoja en todo este asunto es que en plena crisis  económica la realeza parece renacer con ímpetu primaveral a pesar del olor rancio que sale de sus palacios. Y es que en estos tiempos de inseguridad económica y crispación política las casas reales tienen un papel simbólico de continuidad e  irradian una falsa seguridad. Frente a un mundo donde la sociedad y sus instituciones democráticas son sacudidas por cambios imprevistos y profundos, es fácil perder la brújula. La desorientación también da oxígeno a la ultraderecha que gana terreno en muchos países europeos, con o sin monarquía. Sí, la continuidad y lo aparentemente romántico de ese escenario nos transporta a un mundo ideal lejos de la miseria y la desesperación que viven millones de personas. El ser humano es contradictorio, y el temor a que todo se derrumbe lo lleva muchas veces a aferrarse a los símbolos que perduran desde hace siglos. Y con mucho respeto a las preferencias personales, sería bueno que esas monarquías fueran desapareciendo lentamente - y los palacios se convirtieran en museos de una época donde unos pocos elegidos tenían el privilegio de vivir de y por encima del resto de los ciudadanos.

Datos interesantes:
La casa real británica cuesta alrededor de U$S 40-50  millones anuales.
La holandesa alrededor de U$S 40  millones.
La noruega unos U$S 20 millones.
La sueca y la danesa unos U$S 10 millones.
La española es de las más baratas, unos U$S 7 millones.
Estos cálculos ha sido hechos por Herman Mattjis de la Universidad de Bruselas.

sábado, 23 de abril de 2011

Viajando al pasado para conocer el presente

La ciudad de Pontrémoli
Esta crónica la escribí en 2005. Sé que muchos integrantes de mi familia y mis amigos no han podido leerla y por eso deseo compartirla con ellos y con aquéllos que también se preguntan de dónde vienen sus propios antepasados que inmigraron a nuevas tierras. No pocas veces esos datos están claros y hay una buena documentación, pero también como en mi caso, sólo existen fragmentos de un  relato sin confirmar. Porqué? Las razones pueden ser muchas, pero los inmigrantes a veces quieren olvidar rápidamente un pasado de opresión, pobreza y desilusión. Qué dejaron atrás mis bisabuelos paternos cuando arribaron a Uruguay, es todavía para mí un misterio. 
Lo mismo sucede con los  padres de mi abuela paterna, los Germano. Los abuelos maternos eran en cambio criollos descendientes de españoles, probablemente desde hacía ya mucho tiempo y no tengo ningún dato sobre ellos.
Con un viaje al corazón de la Lunigiania, en la region occidental de la Toscana, quise acercarme a ese misterio de inmigrantes que emigraron de los Apeninos al Rio de la Plata, y de ser posible, atar los cabos sueltos.

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La anciana observa la fila de tumbas de mármol que tiene enfrente. Lee los nombres inscriptos y parece
dudar. Luego se vuelve hacia nosotros. Está sola en ese pequeño cementerio, donde casi la mitad de los apellidos tallados en la piedra son Lecchini y la otra Benelli. La hierba crece un poco alta entre las tumbas. Al vernos se sorprende un poco pero nos mira con curiosidad.

-Buongiorno signora, estamos de visita en el pueblo. Somos Lecchini de apellido, pero en realidad venimos de muy lejos. Él se llama Alberico, ha nacido en Uruguay; y yo Sergio, nacì en Kenya, dijo Sergio Lecchini a la viejita.
- Bah! Aquí somos casi todos Lecchini de apellido. Yo tengo 93 años, me llamo Carmela Lecchini, y he nacido en San Pablo, Brasil…
Así comenzó nuestra visita al pueblo de Arzelato,en la Toscana occidental, una mañana de septiembre 2005. Pero esta historia para mí se inició en realidad unos meses antes.

Sergio y a su espalda Arzelato
En abril recibì un correo-e desde Kent en Inglaterra. El firmante era Sergio Lecchini, radicado en ese país, y me contaba en su carta que estaba tratando de rastrear a los Lecchini por todo el mundo. Segun él, la cantidad de personas que llevan este apellido no son muchos, y estaba estudiando cómo había sido la corriente de emigración de estas personas en el pasado desde la Toscana por el mundo. Y qué pasaba con las nuevas generaciones. Me preguntó si podìa colaborar con él, contándole la historia de mi familia.

Por supuesto que acepté inmediatamente la propuesta. Desde que tuve uso de conciencia he estado preguntando a mis padres y a mis tíos de dónde venían los bisabuelos que apenas había conocido cuando pequeño. Sólo tengo una imagen muy borrosa de esos dos viejitos, a distancia, como si nunca me hubiese acercado a ellos. La respuesta siempre era incompleta y me dejaba insatisfecho: «... del norte de Italia, salieron del puerto de Genova ». Ahí finalizaba la pista, y las interrogantes quedaron como incógnitas sin resolver durante décadas, hasta que la carta de Sergio comenzó a abrir una pequeña brecha en aquél negro muro de preguntas sin respuestas.

Sergio ya había trabajado en el tema desde hacía un tiempo. Él mismo había seguido la pista de sus antepasados a través de Internet, y quería ampliar el horizonte de su búsqueda. Su hipótesis era que probablemente mis antepasados habían emigrado de la provincia marmolera de Massa-Carrara, donde se concentraba un buen número de personas de apellido Lecchini. Un poco mas al norte, en la misma provincia de Massa-Carrara, está la región de Lunigiana, donde había altas probabilidades de que desde allí hubiesen partido mis bisabuelos Domenico Lecchini y Rosa Ferrari. Probablemente de Arzelato, un pequeño pueblo a 900 metros de altura sobre el nivel del mar. Una zona de campesinos pobres, que por estar bastante aislados y con pequeñas parcelas para cultivar en la montaña, vivían una vida muy dura hasta muy avanzado el siglo XX.
Este intercambio de información que tuvimos con Sergio, nos fue acercando, y decidimos encontrarnos en Italia. Él viajaría desde Londres y yo desde Estocolmo, y nos reuniríamos en Pontrémoli ("puente tembloroso”  porque originariamente era de madera), una pequeña ciudad a orillas del rìo Magra, a unos 30 kilometros del puerto La Spezia. Sergio habìa logrado recabar màs información sobre los Lecchini, y me dijo que sin dudas, Arzelato vecina a Pontremoli, era “territorio Lecchini”.

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Partí desde Roma luego de haber pasado unos días con mis amigos de Nettuno, donde compartimos exquisitas comidas y los vinos del Lazio. En un tren intercity llegué hasta La Spezia, y luego cambié a un tren regional. Claro que la combinación esperada falló, porque generalmente los trenes en Italia llegan retrasados, y el mío no fué una excepción.
Finalmente me subí al próximo tren regional que subió lentamente las verdes faldas de las montanas, traqueteando, sacudiéndose como un largo gusano gris por el valle verde junto al rìo Magra. Los pequeños pueblos iban desfilando ante mis ojos, con sus techos rojos y grandes terrazas adornadas con flores. A veces un viñedo cargado de uvas o un campo de maíz rompía el manto del bosque que trepa hasta las cumbres de estos montes conocidos como Appennino Tosco Emiliano. El río es apenas un hilo de agua que baja desde las montañas, ya que es retenido gran parte de su caudal por una represa que guarda el agua para los períodos de seca.

Descendì finalmente en la estación de Pontremoli y allì estaba Sergio, esperándome pacientemente. Alto, con paso cansino, se acercó para saludarme con un apretón de manos, aunque no los dos besos de ritual que se estila en Italia. Tal vez la flema británica se lo impedía? Luego cargamos mi equipaje en el auto que él habìa alquilado, y nos dirigimos al hotel Golf, donde ya había reservado dos habitaciones. El hotel está a las afueras de la ciudad, en la ladera de la montaña, por lo que desde la ventana de mi habitación podía ver todo el valle, la ciudad y los caseríos que emergían entre el verde de los montes.

Sergio visitando Villafranca
Sergio habia llegado unos días antes y había preparado un itinerario por varios lugares donde la antigua arquitectura del 1500-1600 todavia resplandecía entre los modernos edificios contruídos en las últimas décadas. Villafranca de Lunigiana, Mulazzo y otros pueblitos fueron quedando por el camino, con sus gentes afables y comunicativas. Luego dejamos el valle y pusimos proa a Arzelato.

Subimos por un camino serpenteante, cubierto por la espesa y soberbia vegetación, donde las hayas y los pinos comparten el espacio con los magnificos castaños, llenos de frutos redondos y espinosos, que cuelgan como adornos de Navidad. La misión era investigar en el registro de la iglesia de Arzelato, el archivo donde se guarda el registro con los nacidos y fallecidos, para ver si encontrábamos los nombres de mis bisabuelos, y a lo mejor algún rastro de los antepasados de Sergio, aunque esto último casi lo habíamos descartado. El sacerdote del lugar, también de apellido Lecchini, era reacio a mostrar el registro a personas ajenas a la iglesia, le habìan advertido a Sergio. Por eso se procuró la ayuda y mediación de otro Lecchini, Nando, un veterano de 75 años que habita temporalmente su casa en el pueblo durante los veranos, y conocía al sacerdote desde la infancia. Nando estaba casi seguro que el sacerdote se encontraría a la tarde en la iglesia, y que podríamos ver entonces el registro.

Cuando el motor del auto quedó en silencio, luego de trepar los casi 900 metros de altitud, nos rodeó el silencio de la campaña, sólo interrumpido por el susurrar del viento en las copas de los árboles. Valles y montañas se sucedían hacia el norte, espesos e inescrutables. A nuestras espaldas trepaban por la ladera las escasas y pulcras casas de Arzelato en una fila irregular, con callejuelas estrechas y escaleras empinadas, hasta terminar en la cumbre misma del monte, adornada por la torre del campanario, de piedra gris y llena de cicatrices; y la iglesia misma, blanca como un traje de novia.

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Cuando bajamos del auto, vimos que al borde del camino y debajo de un tilo, se levantaba un pequeño monumento de mármol en memoria de los caídos en las dos ultimas guerras mundiales europeas, y allí pudimos comprobar que los Lecchini habían vertido su sangre sobre los campos de batalla. Por el tipo y texto del monumento habían pertenecido al ejército italiano, que en estos paesi no había sido muy popular. Sobre todo en la 2ª Guerra Mundial, ya que muchos de los lugareños se unieron a los partigiani comandados por el mayor británico Gordon Lett que combatió a los soldados del ejército italiano, y principalmente al ejército de ocupación alemán en la Lunigiana. Estos monumentos oficiales, y otros que recuerdan a los partigiani, son muy comunes en la región, y recuerdan el difícil período que vivieron muchas regiones italianas azotadas por la ocupación tedesca. Como dato curioso, el monumento a los partigiani no está en el poblado, sino casi a un kilómetro del lugar, sobre un montículo solitario, desafiando el viento del norte. No es de mármol, y en su texto recuerda la lucha de los voluntarios internacionales y del mayor Gordon Lett.

- Porque no vamos hasta el nuevo cementerio? - me propuso Sergio, ante la ausencia de gente en las callejuelas de Arzelato. Parecía un pueblo fantasma. Algún gato que otro se calentaba al rayo del sol. “ Podemos echar un vistazo a los nombres en la tumbas. La mitad son de los Lecchini, la otra de los Benelli” –agregó sonriendo.

Emprendimos nuestros pasos hacia allí, por un camino asfaltado, lleno de castañas caídas, que como erizos de mar poblaban la negra superficie. Pateándolas, esquivándolas, llegamos a la puerta del cementerio, donde el mármol blanco de Carrara resplandecía. Allì fue donde encontramos a Carmela Lecchini, nuestra “parienta” nacida en San Pablo, Brasil.
Carmela busca el nicho de su marido bajo la atenta mirada de Sergio
- Si la memoria no me falla mis padres regresaron de San Pablo a Italia cuando yo tenía siete años. Aquí están enterrados mi madre, mi padre y mi marido –nos contaba con la voz un poco temblorosa Carmela, señalando con su bastón el nombre de su padre escrito con letras de bronce. “ Después emigré a Francia, siendo joven, y vivimos muchos años allí. Regresamos siendo ya viejos con mi marido, y ahora vengo todos los días al cementerio. Mi nieta me dice que no venga, que voy a terminar en un zanjón... pero que voy a hacer sino?... Si apenas queda gente en el pueblo. Me entretengo limpiando un poco, y arreglando las flores. Pero ya no puedo cortar la gramilla, si me agacho me mareo, y si me arrodillo ya no puedo levantarme”... se lamentaba doña Carmela, frágil como un pajarito, pero con la mirada chispeante.

- Sí abuela, no se preocupe que ya vendrá alguien a cortar el césped –le dije tratando de consolarla. “Nos quiere acompañar de vuelta al pueblo?” Le pregunté pensando que la nieta estaría preocupada por su ausencia.

- No, me voy a quedar un rato más, todavía tengo que limpiar la placa del sepulcro de mi marido... pero esta memoria me está fallando, justo ahora no la puedo encontrar... –murmuraba mientras apoyada en su bastón y con pasito lento, se volvía otra vez hasta la fila de nichos, donde las fotos de los Lecchini y Benelli, serias y adustas, la esperaban impacientes.
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Regresamos al pueblo con Sergio, y cuando comenzamos a subir la cuesta ya nos estaba esperando Nando, que seguramente había visto el coche estacionado. Luego de los saludos y presentaciones de rigor, nos divertimos con las anécdotas de nuestro pasado, y el vínculo que teníamos por el apellido. Preguntamos si habían oído hablar alguna vez de algún Lecchini que podría haber emigrado a las Américas entre 1850 y 1870, pero el único que conocían había sido uno que murió apuñalado en una reyerta, aunque no sabían si en el norte o en el sur de las Américas. Ese era el dato más preciso aportado por otra “veterana” del lugar, Carolina Giumeli Benelli, de 103 años de edad. Con la voz cascada, pero sonriente, trató de ayudarnos, pero el dato aportado no coincidía con mi bisabuelo Doménico, que se murió de viejo cuando yo tenía unos seis años.

Nando nos dijo que el sacerdote estaba en otro pueblo, asistiendo a una familia en un entierro, y que no sabía si podía venir a tiempo para atendernos. Una mala señal, por los antecedentes escuchados anteriormente sobre su negativa a abrir el archivo del registro de empadronamiento.

Junto a Nando, su esposa y Carolina Benelli de 103 años de edad.
Para ganar tiempo mientras esperábamos al cura, visitamos el antiguo cementerio junto a la iglesia, una parcela de tierra de unos 10 x 20 metros, donde se ofrecía el mismo escenario de Benellis y Lecchinis entrelazados hasta en la muerte. Luego subimos nuevamente hasta la iglesia que estaba cerrada, y admiramos el paisaje, mientras Nando nos señalaba hacia dónde estaban los otros pueblos cercanos: Rossano, Patigno, Coloretta. Fue aquì cuando Nando nos contó que había participado en la resistencia contra los alemanes, y que a pocos pasos de allì de donde estábamos, habían dado muerte a un oficial alemán.

- Esta zona sufrió mucho cuando la ocupación – agregó, mientras en su mirada perdida en las montañas, parecía revivir los años de peligros, hambre y persecución que debieron soportar hasta el día de la liberación. “Estábamos bajo la comandancia del mayor Gordon Lett, un británico que había llegado para organizarnos y sabotear las posiciones alemanas. Un oficial muy valiente. Pero también habían rusos, yugoslavos y franceses” recuerda Nando.

Ya había transcurrido mucho rato y el sacerdote no aparecía. Con Sergio decidimos darnos por vencidos ya que habíamos recibido la información de que en la biblioteca pública de Pontremoli habìa un registro microfilmado con las partidas de nacimiento de los habitantes de la región. Con un poco de suerte podíamos obtener la información que buscábamos sin necesidad de recurrir a nuestro “pariente” de la sotana, cuya actitud me despertó también algunas interrogantes, aunque claro, todo puede ser casualidad.

Regresamos con Sergio a Pontremoli por el camino más largo, descendiendo por la carretera que por sus curvas cerradas se hacía interminable y peligrosa. Quedamos con una sensación de frustración por no haber visto el registro, pero suma sumarum, creo que llegamos muy cerca del eslabón perdido de mi familia. Pienso como Sergio, que en la región de Lunigiana puede estar la respuesta. Es una cuestión de tiempo conocer de dónde partieron mis bisabuelos Rosa y Doménico. Pero lo más rescatable de este viaje fué que conocí a un cugino con el que compartimos sabrosos platos y no menos deliciosos vinos, hablamos de muchos temas relacionados entre otras cosas con la historia, la literatura y la política. Descubriendo que a pesar de tener un pasado tan diverso y no conocernos, habíamos llegado a conclusiones muy similares en algunos de esos campos. Y eso también es “territorio Lecchini”.
De todas formas todavía está por cumplirse mi deseo de entregarle a mis hijos y nietos el vínculo completo
que los amarre a ese pasado para que puedan seguir transitando el futuro.











viernes, 15 de abril de 2011

La impunidad perdida

Gustavo Inzaurralde, uno de los desaparecidos
por el Plan Cóndor.
La política es el arte de lo posible, y a veces de lo imposible. Con un diputado, Víctor Semproni, que abandonó el hemiciclo la hora de votar en el Parlamento el 19 de mayo, el Frente Amplio no logró la mayoría necesaria para lograr el resultado que anularía la ley de Caducidad. Terminó en un empate de 49-49, y la ley no se aprobó. Un duro golpe para quienes desean que se haga justicia y se conozca la verdad sobre los desaparecidos. 
Un respiro para los que creen que una ley de esa naturaleza divide, polariza y desestabiliza la sociedad. El presidente Mujica es uno de los que piensa sí. Por eso, a último momento, salió a predicar que se repensara y se modificara la ley. Dejó descolocado a muchos. Ahora estamos en un impasse, y los milicos restregándose las manos.

Los dados ya estaban echados cuando el senado uruguayo votó derogar la Ley de Caducidad con apenas un voto a favor de la mayoría  frenteamplista  - y que la Corte Interamericana de Derechos Humanos reclamaba a riesgo de abrirle un pleito al estado uruguayo. Una ley que en su momento resolvió la transición desde la dictadura militar a una democracia todavía muy endeble. En ese momento con la relación de fuerzas todavía a favor de las FFAA la sociedad civil tal vez no tenía otra alternativa, así lo creen algunos que vivieron esa transición. Pero hoy es distinto. Hoy la sociedad civil está más fuerte que nunca y los militares pasan por uno de los períodos de más desprestigio de su historia. La corrupción y los escándalos por millones de dólares que están alrededor de esos hechos denigrantes los han dejado malparados y contra las cuerdas. Ahora elevan la voz y reclaman para que el presidente José Mujica intervenga vetando la nueva ley que termina con la impunidad.
Pero las leyes están para cambiarlas y mejorarlas. Y eso ocurrió con este parlamento uruguayo donde el senado aprobó la reforma de una parte del articulado de la ley. La impunidad sobre la que estaban sentados los uniformados que violaron sistemáticamente los DDHH deja de existir y podrán ser sentados en el banquillo de los acusados.

Esa posibilidad que se abre ahora puede echar luz sobre el destino de muchos desaparecidos que hasta ahora los militares se han negado a revelar. Cuando la amenaza de pasar el resto de sus años en la cárcel, estos veteranos militares que se olvidaron de su propia ética cuando trataron a sus prisioneros, tendrán la oportunidad de salvar parte de esa dignitas, si es que les queda alguna, ayudando a revelar cuál fue el destino final de esos desaparecidos en tierras uruguayas o argentinas.
Al Frente Amplio que gobierna el país, le tocó sufrir una baja en el senado. Eleuterio Fernández Huidobro, antiguo jefe tupamaro, votó a favor de la anulación pero renunció inmediatamente a su cargo de senador porque no estaba de acuerdo con la reforma por razones políticas y jurídicas, según dijo. Fernández cree que la ley puede ser anulada por la Suprema Corte de Justicia si se llegara a ese extremo ya que para él la derogación de los artículos de la ley es inconstitucional. El hecho que dos plebiscitos realizados en el pasado hayan confirmado que una mayoría de la población apoyaba la ley, reafirma esa tesis de que el camino elegido es "un error político", según su punto de vista. Otros piensan lo contrario, y creen que la ciudadanía y las instituciones públicas están políticamente maduras para resistir las presiones de los militares, de los antiguos políticos que la promovieron como el ex-presidente Julio María Sanguinetti, o los ex-guerrilleros como  Fernández Huidobro o Marenales.

Al Plan Cóndor se les queman las últimas plumas. Los uniformados que están retirados y que participaron en el proceso lanzan ahora sus ataques verbales contra los jueces y las organizaciones de DDHH. A estas las tratan de  terroristas y a los primeros de cómplices de ellas. Otros lo hacen a través de comunicados en nombre de organizaciones fantasmas con la pretensión de atemorizar a la sociedad civil, como si tuvieran alguna posibilidad de hacer retroceder el reloj. Un golpe de estado como en el 72? Hay que preguntarse si los actuales oficiales de las FFAA están dispuestos a ser las ovejas negras del continente y quedar aislados por defender con un golpe la libertad de los antiguos torturadores. Un escenario así es prácticamente imposible. El ruido de los sables ya no atemoriza a nadie, y la libertad conseguida con tanto esfuerzo y lucha no se regala por más filo que le saquen a las bayonetas. Es hora de rendir cuentas, hay miles de personas que esperan conocer qué pasó con sus familiares desaparecidos y no hay márgenes para seguir aplazando lo que hace ya tiempo debía haberse revelado. En España el juez Baltazar Garzón está sentado ante los tribunales por pretender iniciar la investigación sobre la suerte de los desaparecidos durante la guerra civil. En Uruguay todos los que quieren saber la verdad sobre los desaparecidos durante la dictadura somos Baltazar Garzón.


viernes, 8 de abril de 2011

El carnaval en la sangre


Tiene 71 años y es un bailarín empedernido. Desde jovencito Alfredo no se perdió carnaval alguno si no fue por una causa grave,pero ha participado bailando al ritmo de los tambores y el candombe en cuanto carnaval se le cruzara en el camino. Alfredo es un optimista implacable que a puesto a prueba la paciencia de muchos miembros de su familia, entre ellas mi prima Norma, pero siempre ha salido triunfante porque es empecinado y el baile lo hace feliz. Ninguna de sus hijas, Ana Karina ni Rossana han seguido los pasos de candombe de su padre. Y entre los nietos no parecen tampoco estar muy entusiasmados, aunque la más pequeña, Angelina, tiene cualidades que pueden despertar su interés por el baile, aunque difícil saber si por el carnaval.

En todo caso Alfredo demostró en este último carnaval uruguayo lo que un apasionado de esta fiesta popular siente cuando se acerca el momento de salir a la calle junto a una comparsa, bailando durante el largo recorrido y con una rodilla hecha polvo. La lesión la recibió -nos contaba- cuando su camioneta por causa de un eje roto lo dejó varado a doscientos metros donde debía llevar unas bolsas de papas. Cargó una de las bolsas al hombro, pero antes de llegar sintió que las rodillas se le doblaban bajo el peso de la bolsa. Unas horas antes de las llamadas (*) como se denomina la fiesta que inaugura el carnaval en Uruguay. Alfredo estaba rengueando en el patio de su casa y nos mostraba las dificultades que tenía para caminar. Estaba preocupado porque el dolor podía impedirle participar en la gran fiesta de la ciudad, ya que diversos grupos de otros departamentos, entre ellos de Montevideo, estarían presentes en ese desfile. Por eso se aplicó unos ungüentos caseros y masajes en su rodilla hinchada, y se fue con sus mejores ropas carnavaleras y los zapatos blancos que guarda celosamente para estas ocasiones, un regalo de mi hermano Gustavo, y rodearse de chicas adornadas con plumas y trajes brillantes mientras los tambores resonaban a sus espaldas.

Una parrilla humeante con carnes y chorizos tentadores nos detuvieron a todos bajo el quincho de la casa y no pudimos ver el desfile directamente, aunque por la cantidad de gente que había en la calle del desfile probablemente no hubiésemos visto nada.
- Digan que son familia mía y seguro que les abren paso- nos decía ingenuamente Alfredo.
Nos quedamos bajo el humo del asado y nos deleitamos con la carne y el vino haciendo bromas sobre el "artista de la familia". De pronto alguien gritó para ver por la tv cómo el que hasta hace poco rengueaba y se quejaba del dolor, bailaba por la calle con la gracia de un experimentado bailarín.
Alfredo estaba en su salsa, y el dolor había quedado olvidado, sólo la música de los tambores y el torbellino de la danza existían en ese momento para él. Y con un gracioso gesto repartía entre el público unos pequeños papeles donde estaban imprimidos unos números de la suerte y un corto mensaje sobre sus condiciones de bailarín. Sí, Alfredo es admirable y con sus setenta abriles le ha ganado la batalla a tantas penurias que dan los años y los daños. Por eso querido amigo, que sigas alegrando la vida por las calles y las pistas de bailes muchos años más, hasta que los huesos digan basta!

(*) Las llamadas de Carnaval es una fiesta tradicional de la comunidad afro-uruguaya que se desarrolla por la calle "Isla de Flores" del Barrio Sur y Palermo de Montevideo, la cual proviene de la época colonial. Inician la semana de carnaval que se desarrolla en todos los lugares del país donde haya tambores y quien los toque.


miércoles, 6 de abril de 2011

No alcanzó con apretar los dientes

Suecia es un país donde los cursos para los más variados gustos han crecido como hongos después de un verano muy lluvioso. Las nuevas reglas permiten a los emprendedores iniciar actividades que antes eran muy restringidas o incluso estaban prohibidas para aquéllos que no tenían la capacitación exigida o la experiencia debida.
Uno de estos institutos privados que está colonizando nuevos terrenos inexplorados inició una serie de encuentros en una casa de campo para la gente con problemas de estreñimiento después de haber probado toda clase de medicamentos y ejercicios.

El resultado del método usado fue tan exitoso que de pronto todo el grupo de participantes se encontró haciendo cola frente a la escasa infraestructura que el instituto tiene en el lugar. Esto obligó a una mujer que se encontraba entre los últimos de la cola a pedir por favor que la dejaran entrar en uno de los pocos baños disponibles, pero claro, estaba ocupado. Ante la negativa de los presentes, y con los dientes apretados y unos retorcijos de barriga que la hacían lagrimear, la señora no tuvo más opción que bajarse sus prendas íntimas, agacharse y darle rienda suelta a sus intestinos ante la mirada atónita de sus compañeras/ros.

Ahora la señora ha demandado al instituto y su reclamo ha sido aceptado por la justicia sueca porque según el juez, un curso de este tipo que tiene por finalidad  ponerle fin al estreñimiento,  tiene que contar con una cantidad de baños similar al número de participantes.
Por lo tanto se espera que la damnificada sea resarcida con una suma de dinero todavía no estipulada. Sin embargo aclara la víctima de estas circunstancias que no hay suma de dinero que la compense por la vergüenza que tuvo que pasar ante los demás participantes de tan exitoso curso.